Defender la democracia

Es el momento de defender la democracia. No vamos a salir más fuertes, diga lo que diga la propaganda. Para empezar, somos menos y va a ser difícil contar a los que faltan. No saber o no poder contar las bajas no nos hace más fuertes. Nos debilita y nos quita credibilidad. La aparición del virus no es culpa de nadie. La gestión, sí. Protestar es legítimo. Protestar no es de pijos. La estética no es la ética, aunque nos lo quieran vender así. Basta ya de brochazos. La autocrítica es necesaria. El que no haga autocrítica en un momento como este ya no la hará nunca y la definición de su personalidad se resume en dos palabras: fanático e irresponsable. Nuestros políticos dedican más tiempo a justificar sus vidas pasadas y a permanecer en el poder que a gestionar. ¿Desde cuándo mentir tanto es gratis? ¿Desde cuándo la incoherencia vital no importa en política? Es el momento de defendernos de nosotros mismos. La trinchera no es un buen sitio desde el que observar. Se ve poco y se ve mal. Hay fuego cruzado. Todo se justifica. Necesitamos gente más preparada, más vocaciones de servicio político real. Si no saben ponerse de acuerdo en un momento como este, no son aptos para el cargo. Acción, reacción. Los extremos se tocan y la ley del péndulo se cumple. Se puede ser reactivo en la oposición, pero no cuando estás en el poder. Quizá no sea un problema de banderas, ni de ideologías. Quizá sólo sea una cuestión de humanidad y de categoría personal.

Hablar con niños: ideas para comunicarte con ellos

Siempre se me ha dado bien hablar con los niños. He tenido facilidad  para relacionarme con ellos y ser uno más en su mundo. Desde que soy padre, he ido dejando esta capacidad un poco aparcada para ejercer la paternidad con la distancia justa. De hecho, me he forzado para dejar de ser tan majo con los hijos de los demás en muchas ocasiones por respeto a mis hijos y para no resultar pesado. Quizá por ese motivo, me ha apetecido compartir esta reflexión.

He leído algunos artículos interesantes que afrontan este asunto desde el punto de vista formal. Me gusta este del blog Cuentos para crecer en el que se explican estrategias de comunicación positiva basadas en la mirada, los gestos y algunas actitudes. El blog de Consumer tienen un buen artículo con diez consejos para hablar con el niño más orientados a la funcionalidad y que tienen algo de entrenamiento gimnástico. También es muy bueno y tiene que ver algo con lo que expongo aquí, este artículo titulado «5 trucos infalibles para que tu hijo hable contigo cada día» publicado en el blog Sapos y Princesas de El Mundo.

Con el paso del tiempo, he visto que siempre utilicé una serie de conductas de un modo inconsciente cuando me relacioné con niños de diversas edades. Tras pensar un poco, he conseguido condensarlos en una lista de diez ideas. Creo que están basados en el sentido común y que, por otro lado, no son nada del otro mundo. Sin embargo, también pienso que algunos de ellos no se utilizan demasiado, por desgracia. Puede que sirvan para mejorar a la hora de hablar con niños en general o para hablar con tus hijos en particular. En este artículo, cabrían los niños desde un año hasta la adolescencia, aunque el sentido común diría que sirven para cualquier persona. Seguro que te sirve alguno:

1. Empieza tú. Cuéntales algo. 

Una norma no escrita dice que las conversaciones con niños son una especie de interrogatorio en los que el pequeño se defiende con monosílabos. No tiene sentido. No es un «trato» justo. Si quieres entablar una conversación de confianza con alguien, deberás presentarte o explicar lo que necesitas. Con un niño es lo mismo: debes contar algo que te importe. Debes abrirte y darle confianza. En el caso de los padres esto es esencial.

Ejemplo: Al salir del colegio. Si repetimos todos los días de nuestra vida la pregunta «¿qué tal en el cole?» la respuesta será la que nos merecemos: la indiferencia o un monosílabo. No es una buena pregunta. Deberíamos contar algo nosotros sobre cómo nos ha ido el día y ver lo que pasa. Funciona de maravilla. Haz la prueba. 

El sociólogo Javier López Clemente afirma que las raíces son fundamentales. Es muy importante contarles a los niños de dónde vienen. Las historias familiares les interesan más de lo que te imaginas. También, sus fotografías son importantes para ellos. Intenta guardarlas y enseñárselas de vez en cuando, aunque no haya pasado mucho tiempo. Las fotografías en papel son también fascinantes para los niños. Es una costumbre que puede ser muy útil.

2. No hagas un cuestionario. Es absurdo. 

No tiene ningún sentido hacer un cuestionario a los niños cuando se quiere dialogar con ellos. En realidad, el objetivo de las preguntas no suele ser sacar una información especialmente valiosa, sino llegar a un punto de confianza en el que se pueda estar a gusto.  Si no se hace con los adultos, ¿por qué lo hacemos con los niños? Muy sencillo: por torpeza e ignorancia. A nadie le gustan los cuestionarios inquisitoriales.

Ejemplo: una llamada de teléfono a un sobrino o a un ahijado en el día de su cumpleaños. «¿Qué te han regalado?» ,»¿cuántos cumples?»,  «¿te sientes muy mayor?» Todas las respuestas a este tipo de preguntas serán infumables casi con total seguridad. Sería interesante contarle lo que hicimos nosotros cuando cumplimos esos años. Además, será un buen «regalo» confiarle esa experiencia. El niño se sentirá bien al recibir una información tan especial.

3. Haz una pregunta o dos más allá de lo evidente. 

Lleva trabajo, pero merece la pena. El niño se sentirá valorado si al comenzar la conversación le preguntas por algo más avanzado de lo que se espera. Interésate por algo que esté haciendo en ese momento y sube un par de peldaños.

Ejemplo: tu hijo tiene examen de matemáticas.
El nivel uno de pregunta sería: «¿qué tal en el cole?» Merece el silencio.
El nivel dos sería: «¿qué tal el examen?» Merecería un lacónico «bien».
El nivel tres, donde empiezas a hacer una pregunta digna, sería: «¿Te han puesto restas llevando?»
El nivel cuatro sería, por ejemplo: «¿Has acabado de los primeros?»
Y el nivel cinco podría ser algo así: «¿A que adivino todo lo que te han preguntado?» Te metes en un jardín enorme que seguro que interesa al pequeño. A ver cómo sales. Será el modo de conseguir que tu interlocutor comience a hablar. 

4. Haz un comentario positivo sobre su aspecto. 

Aunque no te lo parezca, en general, la autoestima de una persona pequeña es frágil. Su día a día está totalmente sometida a correcciones. Imagina cómo te sientes tú cuando alguien que te quiere te sugiere que te quites un pelo que se asoma por la nariz. Como dice mi tía Luisa, los niños reciben reconvenciones de ese tipo constantemente. Son comentarios bienintencionados, por supuesto, pero lo cierto es que se les corrige sin parar: «no grites», «límpiate los mocos», «calla», «duérmete ya», «cómete el pescado», «átate la zapatilla», etc.

Un comentario positivo sencillo es algo que un niño agradece mucho, aunque en un primer momento no lo exprese. Es sencillo y muy humano. Si alguien te dice algo agradable, tu percepción de esa persona mejora. No hace falta mentir, ni ser un fariseo. Siempre hay algo positivo que decir. Conviene ser creativo y no decir lo de siempre (¡qué ojazos!)

Ejemplo: Te quedan bien esas zapatillas. Yo tengo una camiseta como esa.

5. Hay una persona que  te trataba siempre bien cuando eras niño

Podría ser un tío, una amiga de tus padres, el portero de casa o una profesora. Te hacía sentir normal, te trataba como a un adulto y te daba un tiempo para expresarte. Las historias que te contaba eran interesantes, maravillosas y tenían siempre algo divertido. Te miraba como si fueras alguien como él. Dedica un tiempo a recordar qué tenía de especial esa persona. Después, puedes imitar algunas de sus acciones.

Ejemplo: Mi tío Julián me hablaba como si fuera un amigo suyo. Él tenía setenta años y yo diez. Un día, en un entierro, me dijo que llevaba siempre dos tipos de calzoncillos a la vez: slip y marianos porque se complementaban a la perfección. 

6. Escucha. Utiliza la memoria. Esfuérzate. 

Escuchar es fundamental. Haz caso. Pon interés. Si desconoces el nombre de sus mejores amigos, es tu culpa. Deberías conocerlo. Si no sabes qué es lo que le gusta y no le gusta en la comida, es tu culpa. Deberías conocerlo. Si no guardas una memoria paralela de eventos importantes en su vida, es tu culpa. Deberías hacerlo. Si tienes poca memoria, utiliza una agenda. Punto.

Cuando alguien de confianza le pregunta algo a tu hijo y tú estás presente, no respondas por él. No eres su representante. Tu misión es desaparecer. Seguramente, cuanto más te desentiendas de la conversación, más hablará. Puedes y debes echar oreja disimuladamente para ver qué le preguntan y qué dice, lógicamente. La clave está en acertar con la distancia.

7. Desafía la realidad

Existe un punto de desconexión enorme entre los niños y los adultos: el pacto de sangre con la realidad. Cuando te vas haciendo mayor, negocias con la realidad y acabas siendo un siervo de ella. Los niños, en cambio, no tienen ese pacto firmado todavía. La realidad y la ficción suelen estar en el mismo plano en la mente de una persona en edad infantil. Tienes que entender eso y desafiarlo. Los dibujos animados lo hacen. ¿Por qué no puedes hacerlo tú? En las conversaciones con los niños, deberías poder hablar de asuntos irreales que pongan a prueba su capacidad de entendimiento. En eso, los niños te darán una lección. Seguro que aprendes.

Ejemplo: «Mañana por la tele echan un concurso de comer salchichas y os he apuntado. Tenéis que estar preparados para comer unas cien. ¿Puedo confiar en vosotros?». Y deja que surja la magia. 

8. No le trates como a un idiota. Es una persona como tú. 

«Cuánto has crecido», «qué ojazos», «dale un beso a la tía», «se te ha comido la lengua el gato» y demás tonterías son frases que te descalifican automáticamente en este complejo concurso. Lo estás tratando como si fuera idiota y sus capacidades de percepción estuvieran algo menguadas. Lo nota. Estás fuera.

«Me gusta ese tutú, ¿me lo puedo probar?», «¿has metido un gol de chilena?», «¿sabes quién fue Marie Curie?» son frases más interesantes que se pueden utilizar como saludo en contextos concretos, de igual a igual. Parecen el principio de algo divertido.

9. Sorprende. Sé divertido. 

Los niños son muy permeables a las sorpresas. También les gusta divertirse y no son nada exigentes si se les propone cualquier actividad con un mínimo de animación. Hay que tener la capacidad de estimular y eso tiene mucha relación con la capacidad de observar. Hablar con niños es fácil si te fijas un poco en su manera de ser.

 

10. Habla con el adulto que el niño será. 

El tiempo es relativo. Tu hijo quizá algún día te ponga un pañal. Si miras la vida como el lapso, más o menos rápido que es, verás que la persona de tu hijo y la tuya están muy unidas en el tiempo. De vez en cuando, es interesante hablar con el adulto que tu hijo será y explicarle las cosas de igual a igual. No lo entenderá en el momento, lo entenderá cuando sea preciso, pero lo sabrá valorar ahora si sabes cómo hacerlo.

 

El pijo y la identidad

Ser pijo es una vocación. No puede serlo cualquiera. No es fácil ser un buen pijo. Una vez, me disfracé  de pijo con mi amigo Daniel. Habíamos tenido un disgusto compartido, una mala noticia. Estábamos sentados en la calle, apoyados en la valla de uno de esos túneles urbanos que hay en las ciudades y nos dimos cuenta de que necesitábamos salir de esa mala situación. Se nos ocurrió disfrazarnos de pijos recalcitrantes: gomina, jersey, camisas de nuestros padres y unos mocasines infames. No me pregunten por la relación causa efecto. Era un sábado. Salimos a la calle. Fue muy duro. Ser pijo requiere personalidad y mucho aguante. Nos dijeron de todo, nos silbaron y nos insultaron. Después, fuimos a una casa a la que nos habían invitado y tuvimos que justificarnos hasta la saciedad, aunque nuestra apariencia no tenía mucha explicación.

El pijo tiene perdida la batalla de la identidad. No tiene -no puede tenerla- conciencia de clase y, por lo tanto, tampoco suele tener un orgullo pijo en sí mismo. Si lo tiene, lo guarda para su familia o su entorno más cercano. Esto deriva en un complejo que sobrevuela la vida del pijo y ante el que le resulta muy complicado rebelarse. La rebeldía es una empresa compleja para el pijo. A veces, incluso cuando la practica, termina más en aberración que en dignidad. El pijo más grande que he conocido llevaba rastas y se creía muy original. En cuanto sale de su círculo, el pijo suele ser el blanco de todas las críticas y tiene que callar porque es muy probable que muchas de las afirmaciones que va a escuchar  sean ciertas.

Existen muchas definiciones de pijo. Me gusta esta de Alberto Soler en su artículo «El pijo ¿nace o se hace?» : «La sociología consensua que los pijos son unos elementos singulares, elitistas, por lo general urbanitas, ególatras, satisfechos con su imagen y con un ego reforzado por la fortuna familiar».  Este otro artículo sobre diez rasgos del pijo de los ochenta es también una joya: jersey al hombro, gomina, chaqueta austriaca, etc. Pero, sin duda, el trabajo de Karine Tinat «Pijos/as. Una cultura juvenil de identidad social fluctuante» es una de las referencias más serias y profundas. Se puede encontrar en el libro «Juventud y publicidad: aspectos teóricos sobre el concepto social de juventud y su estudio desde la disciplina publicitaria» y es una descripción  etnográfica precisa en la que se analiza la terrirorialidad, la identidad narrativa y los valores ideológicos y morales.

Desde mi punto de vista, un pijo es alguien que se preocupa más del tener que el ser y es alguien, además, profundamente inculto. El pijo tiene poco interés por saber aunque, de vez en cuando, lo finge. También,  tiene una cierta tendencia a la uniformidad, a la emulación y al utilitarismo. No solo en el vestir, también en la forma de hablar, de peinarse, de pensar y de moverse. Aunque no lo manifiesta, cree que debe amar algunas cosas y odiar otras y suele cumplir. El pijo no se sale del molde con facilidad. 

Decía el profesor Manuel Ramírez que lo mejor de la burguesía son sus hijas. Decía Cela, en una entrevista antológica con Soler Serrano, en la que, entre otras muchas cosas, explica por qué se comió un grillo, que las pijas -él las llama cursis– son muy agradecidas. La conocida canción de la Costa Brava «Adoro a la pijas de mi ciudad» profundiza en esta tesis: una pija -con perdón- tiene, quizá,  más indulgencia que un pijo.

Uno de los fenómenos musicales del pasado verano fue el grupo Carolina Durante con su canción «Cayetano«, una descarga energética que se canta a berridos y que retrata con atino a un pijo de alto nivel. Seguí de cerca el proceso porque el grupo me gustaba  y comprobé lo siguiente: la cuña de la misma madera es siempre la que mejor funciona y la redención empieza por quitarse importancia y saber reírse de uno mismo. Este fenómeno también me ha ayudado a descubrir una realidad inevitable: los extremos se tocan. Algunos odiadores oficiales de pijos terminan siendo muy parecidos a ellos. La misma mierda.

 

 

 

Profesores a distancia

Profesores a distancia

Sabíamos que eran profesionales, que tenían una vocación especial y que la distancia no les iba a frenar. Simplemente, lo hemos confirmado. Begoña ha aprendido a manejar programas para hacer videoconferencias. Y además, esto sí que roza lo heroico, ha entrado en el grupo de WhatsApp de la clase para ayudar aún más. Pepe escribe cuentos muy brillantes por correo electrónico y se los manda a todos los profesores para que los lean a sus clases. Mi favorito es “El hipnotizador de Zapatos”. Los profesores de educación física se ponen el chándal y se tiran por los suelos de sus casas para explicar los ejercicios y subirlos a la red. Los miembros del equipo directivo se graban bailando. Jose, Ana y Virginia llevan la batuta de la clase de los mayores con solvencia. Son referentes y se comportan como tales. Begoña, la madre encargada del curso, hace muy bien de traductora y de vigilante de “la plataforma”, ese espacio de internet lleno de sorpresas y rincones. Fernando anima el cotarro con retos. Pero no estamos de fiesta. A algunas como Marta o Esther les toca la peor suerte en estos días y nos dan ejemplo de entereza e integridad, de lucha y misericordia. En esta distancia parece que nos damos cuenta de que somos algo más que un grupo de gente que va al mismo sitio. Sentimos un dolor común y una misma esperanza. Enseñar no es solo dar clase. Es dar la vida. Gracias, profesores.

Moncín

“Chaval, yo no hago fotos de chocolates. Aquí no hacemos catálogos”. Moncín ni me miró y siguió a lo suyo. Volví a la mesa con un reportaje sobre productos de comercio justo por hacer. Unos meses después, en la plaza de Toros durante las fiestas del Pilar me dijo: “Chaval, un solo disparo” y me enseñó un retrato impecable de Morante en su cámara digital. Bien vestido, peinado hacia atrás, con esa elegancia suya en el vestir y en el callar, iba todos los días a la Misericordia con una maleta de ruedas y con un número limitado de disparos en la mente.  Quizá, como algunos artistas, llevaba también dibujadas en la imaginación las fotos que quería conseguir. Dentro de la maleta, además de sus cámaras, llevaba un artilugio que le permitía hacer fotos a distancia con pequeñas cámaras que, un buen rato antes, había escondido entre las tablas. Fino en la suerte del saludo, tenía tres palabras justas para todo el que se cruzaba con él por la plaza. “Chaval, ese señor de ahí hizo la foto de la muerte de Manolete. Respeto”. Terminada la corrida, Moncín arrancaba a buen paso con la maleta como quien va a perder un tren. Una hora más tarde, llegaba el gran momento: la selección. “Mira, chaval, un avión perfecto. Esta otra para tu página y esta se la pones a Solís”. No faltaba nada. Tampoco sobraba. Los días de toros, Moncín era feliz a su modo. Tenía un deber con la información y un compromiso con la belleza.

Dogmas

Instrucciones para crear un dogma: elija un asunto que produzca preocupación y que pueda generar altas dosis de empatía. No dé mucha información, pero mantenga la cuestión en primer término de la actualidad durante un buen tiempo. Explique las posibles consecuencias con amplitud y con una buena dosis de imaginación. El condicional lo aguanta todo. Inocule poco a poco el miedo. Busque ejemplos icónicos. Póngales nombres y apellidos. Aquí está la clave para que el dogma salga perfecto en su punto de cocción: tome el todo por la parte sin que se note. Tiene que parecer que su ejemplo es un resumen preciso de todo el problema. Cree rituales que sean identificables. Busque víctimas. Las víctimas son los nuevos héroes. Repita el proceso. Para continuar, añada un toque de modernidad. El dogma debe parecer algo muy nuevo y, si puede ser, debe estar acompañado de cierta fascinación. Debe ser fácil de decir y tener una sonoridad atractiva. Otro elemento esencial son los enemigos. Busquemos a alguien que niegue el dogma o que lo ataque de algún modo. Amplifiquemos su señal y nuestra respuesta. Pongamos sus argumentos en ridículo. Creemos un enemigo con cara y ojos. Seamos víctimas para ser héroes. Ya casi estamos. Faltan los bufones. Incorpore el dogma en monólogos, series, chistes y demás elementos de distracción pública. Los bufones son baratos y le dan al dogma el toque final, lo que estábamos buscando: la apariencia de normalidad.

Dos tópicos

Ahí van dos tópicos: la derecha no tiene ni idea de gestionar la cultura y la izquierda solo pide libertad de expresión para sí misma, nunca para los demás. ¿A qué parece ridículo? En Zaragoza, lo estamos clavando. Así de triste. Respecto a lo primero, la derecha en el ayuntamiento de Zaragoza va subiendo el listón. El gusto es pésimo, la capacidad de autocrítica, nula y el interés por conocer el tejido cultural no va más allá de la foto. Además, la falta de empatía para conservar los aciertos del ejecutivo anterior resulta casi insultante. Se repite legislatura tras legislatura una triste realidad que, por cierto, no pasa solo en la cultura: no tienen gente. Una frase que ya no sorprende.

Siguiente tópico: libertad de expresión. Uno de estos días, se ha programado la presentación de un libro de una autora que pertenece al partido político VOX. En esta obra se cuestionan algunas actitudes del feminismo actual. Muchos no compartimos lo que dice el libro ni cómo lo dice, pero deberíamos dedicar hasta el último de nuestros esfuerzos a que alguien pueda presentar su libro en paz donde le dé la gana. Las libertades son más libertades cuando las puede practicar en paz el que piensa distinto a nosotros. Además, digo yo, se podrá criticar el feminismo, como se critica cualquier otra cosa. Quizá haya algo que debatir. En la universidad también han sucedido cosas parecidas. Esto también se llama censura, veto y silenciamiento. Café para todos.