La ciudad genérica

En la plaza de Carbón pasaban cosas que ya no volverán a suceder. Trapicheo de relojes, celestineo, una floristería con personalidad y, de vez en cuando, la garita del circo. El toldo de los montaditos espera su momento para adueñarse del paisaje con su cerveza a precios populares y el sabor a pan congelado. Proceso de participación ciudadana abierto. Nadie al volante. Caminamos hacia la ciudad genérica que anunció el arquitecto Koolhaas. Parece que habrá zona azul en los barrios porque ir en coche está feo. Cuando sale el ERE de turno en la GM, cuando volvemos de Las Lomas o cuando nos traen el paquete de Amazon sí que nos gustan los coches. El partido que manda ve ahora necesario el asumido timo de pagar por aparcar. Cuando era oposición, pensaba que era un abuso. Vías pacificadas, párquines disuasorios, supermanzanas, colonias felinas, zonas de esparcimiento canino y la bicicleta como el vehículo del héroe que salva el planeta en su trayecto de Plaza España a San Francisco. La impunidad de los ladrones de bicicletas en Zaragoza sería un caso de estudio que no parece importarle a nadie y que alguna vez habrá que abordar. La Romareda, un año más sin pelotazo. La tierra prometida de Arcosur, un tren que pasa por la puerta del Casino Mercantil, los lagos de Penélope Cruz, el parque del Che Guevara y el túnel carretero del que nadie habla desde la Expo. ¿Se considera usted un ingeniero social? Le dije un día a Belloch. Sí, me respondió. Y no hice más preguntas.

Joaqúin Carbonell: «Me metí a artista para no currar, pero al final…»

 

Estuve con Joaquín Carbonell hace unos meses. Le pedí una entrevista para mi tesis doctoral sobre Fernando Soteras, «Mefisto». Quedamos en el Drinks de Conde Aranda, uno de sus despachos habituales en Zaragoza. Antes de comenzar, me ofreció crear una agencia de marketing para promocionar Teruel a la que llamaríamos «Agenda Teruel», publicarme en su editorial «Voces del mercado» una colección de mis artículos de Facebook  que siempre solía comentar y me regaló el libro «Sendero de migas» escrito por su sobrino Isidro. La conversación quedó grabada y tiene ahora, por desgracia, una relevancia mayor. He quitado las partes más académicas y la he transcrito, aunque no tenga un hilo narrativo claro, porque creo que a él le gustaría. Espero que sirva como homenaje. 

¿Cómo fue tu primer acercamiento a una canción? 

En directo. Escuchando al pastor de Andorra en mi pueblo, en Alloza. Para las fiestas de San Antón y par las fiestas de los Quintos traían a un jotero con una rondalla y daba vueltas, rondaba. Yo tendría ocho años. Íbamos con la ronda todos detrás, naturalmente. No había otra cosa. El pastor de Andorra me impresionó mucho.

¿Cuándo pensaste que tú querías hacer eso? 

Eso viene más de la radio. Yo escuchaba mucha radio. Oía a Antonio Machín, a Juanito Valderrama o a Pepe Blanco y me fascinaba.

¿Entendías las coplas del pastor de Andorra? 

Me sonaban bien. El sonido es importante. No entendía nada, pero todo cuadraba. La rima era estupenda -no como ahora-. La gente ahora no sabe rimar. Me sonaba bien. Esta gente componía muy bien. Las canciones de Machín y de Valderrama eran muy buenas. Su Primera Comunión, de Juanito Valderrama es una maravilla. Qué bien rimado y qué bien contado lo que quieren contar. Viene de la tradición de contar cosas. Esta gente sabía escribir.

Me explicó Luis del Val que una vez le dijo a Sabina que la rima era una esclavitud. Sabina respondió: «pero te lleva a sitios a los que nunca habrías estado». ¿Qué es la rima para ti?

Hay una escuela de «antiguos», que somos nosotros, que venimos de la rima. Serrat, Sabina, Krahe, Aute, yo mismo. No te podías presentar en sociedad cuando éramos cantautores con una mala rima, con un ripio. Esto está muy traído: amor y corazón. Venimos de una exigencia de la rima que es muy poderosa. Nos daba vergüenza rimar mal. Sabina dice que aprendió esta exigencia de la rima de Brassens. De Brassens aprende dos cosas Sabina -y yo también- la exigencia de la rima y la gracia para contar historias. Las canciones de Brassens son una maravilla. Por ejemplo, esa canción en la que dice «tengo el honor de no pedir su mano». Se lo dice a su novia porque no se casó nunca. Estas historias tan bonitas nos inspiran. Sabina es un clásico: rima e historia. Yo estoy en la misma línea. Es el gran esfuerzo que hacemos. Krahe, ni te cuento… Echo de menos ahora que nadie cuente bien historias con ingenio y con rima. La canción debe rimar. La poesía, no.

¿La canción tiene que tener un toque de humor? 

Es mejor. Si le pones un poco de ironía y humor es un peldaño más elevado. No hace falta que sea risible, pero debe notarse una distancia, una displicencia sobre la vida. Eso lo da la madurez. Esto forma parte de mi naturaleza. Yo no podría hacerlo sin humor. Cualquier bestialidad de canción, por muy dura que sea, siempre necesita un espacio para desahogar la tensión. No soporto las canciones trascendentes que se lo toman todo muy en serio.

El humor te da también un salvoconducto para meterte en jardines complicados. 

No he tenido ningún problema. Lo dije en el concierto de mi cincuenta aniversario. He trabajado con la censura en los setenta, antes de morir Franco. Yo me lo tomaba como un desafío: «a ver si soy más listo que tú». Y, a veces, lo éramos. La censura no entendía las canciones, a veces, y las autorizaba. La entendía todo el mundo menos ellos. Era un duelo, un reto, un juego muy agradable. A ver hasta donde me dejan llegar. La beata me la prohibieron en un concierto en Calanda, pero yo la canté y me llevé una multa. Luego cantabas «ay, Marcial, ay, Marcial, que se muera el animal» y me la dejaban cantar antes de morir Franco. Yo no lo entendía…

¿Si te censuran ahora es porque tienes ganas?

Sí, tienes ganas. Lo provocas. Hay que tocar mucho las pelotas para que te censuren. Pero esa notoriedad a mí no me gusta. Pasan cosas raras. Vienen a verte personas que no son tu público. Vienen por otra cuestión. No quiero que vengan a verme por cuestiones de política, les tienen que gustar mis canciones.

¿No te prohibieron Doña peseta?

Me la prohibieron en primera instancia, pero luego me la dejaron grabar. Para grabar eran más flexibles. Una vez grabada, te podían decir «esto no se puede emitir» y con un punzón te lo rayaban. Doña peseta dice «Al amor de su calor / nacen ministros y reyes, / y hasta borricos y bueyes / reinarían con honor. / Pues no hay ley con más razón / que D. Dinero-Peseta, / al que tiene lo liberta / y al que no va al paredón». A lo mejor hoy me la prohibirían. Me meto con el rey, me meto con quien sea. En su día me la aceptaron y yo no era consciente de lo salvaje que es.  En realidad, tuvo éxito por la palabra «puñeta» que les hacía mucha gracia a los niños. Es un valls que se puede bailar, es alegre, entra fácil. En el 76 cuando salió la canción «puñeta» no se podía decir.

Joaquín Carbonell – EFE

¿Por qué este compromiso tan firme con Aragón? 

Esto viene de Teruel. Eloy Fernández Clemente nos daba la matraca todos los días con que iba a sacar Andalán para defender Aragón. Todos los días. Pero en Aragón tenemos complejo de segunda. Estamos rodeados de gente muy poderosa: País Vasco, Cataluña, Valencia. Somos una mierda en medio. Tenemos el complejo de que no valemos tanto. Pensamos que ellos se han desarrollado más porque nosotros no valemos tanto. Tenemos el complejo del pobre y somos víctima de la inmigración. En Cataluña hay trescientos mil aragoneses valiosos. A lo mejor no es verdad. Tenemos capacidad y mérito, pero no nos han dado la oportunidad. El primero que se dio cuenta de esto fue Eloy y después, Labordeta. Labordeta, con el sentido tragicómico de la vida, con ese «vamos camino de nada», llevaba esa teoría de «nos lo merecemos». Él aceptaba la tragedia. La Bullonera, por ejemplo, no la aceptaba. Era más combativa.

¿Y tú? 

Yo peleaba con ironía. Buscando la parte lateral y riéndome un poco de la situación. Siempre tuve la esperanza de que el humor haría reaccionar a la gente. El humor es combativo y eficaz.

¿Por qué no te fuiste a vivir a Madrid? 

No me compensaba. No sabía lo que iba a pasar. Vas ahí y ¿de qué vives? De nada. En Zaragoza ya trabajaba en la prensa y en la tele. En 1980 empecé a trabajar en los medios de comunicación. Me lo planteé en los ochenta, pero esto ya estaba acabado. En los ochenta me retiré. Llegaron los socialistas y dijeron «ahora, a follar». Viva la verbena. Viva Alaska y los Pegamoides y los cantautores que no aparezcan por aquí, que son unos hijos de puta, que vendrán a tocarnos los cojones como se los han tocado a Franco. Nos hicieron desaparecer. Muchos desaparecieron. Lo pasaron muy mal otros. Yo me metí en el periodismo y a vivir… Pero aquello había acabado ya. Tuve una proposición para trabajar en un periódico en Madrid. Me pagaban lo mismo, Madrid es más caro. Fue pereza, fue miedo, llámalo como quieras. No tenía muy claro irme. Pensé también que desde ahí podría relanzar mi carrera más fácil. He visto ejemplos, personas que queremos, que no han prosperado. El plan era pasar hambre y vivir en un piso de treinta metros. Aquí vivía mejor. Cobardía, pereza y que triunfar me daba igual. Yo no quería triunfar, yo quería vivir bien.

Y te ha salido bien la jugada. 

Sí, yo creo que lo hubiera pasado mal en Madrid. Me habría colocado en algún medio, sabía hacer de todo: radio, tele, prensa. Nunca pensé que Madrid fuera un chollo.

¿Cómo viviste el pequeño poder que te da estar en un medio de comunicación? 

Con descreimiento. Te llamaba la gente a ofrecerte cosas. Mis entrevistas eran especiales y tenían prestigio. Alguien dijo «si no te ha entrevistado Carbonell, no eres nadie». Hice siete mil. Una encima de otra, llegan desde aquí a Casa Emilio. Me cogió la cosa con una edad madura. La vanidad no me atrapaba demasiado y me lo pasaba muy bien. Encontré el chollo de mi vida que era trabajar solo por la mañana. En todos los sitios en los que he estado siempre he dicho que por la tarde no quería trabajar.

¿Y te dejaban?

Sí, les parecía bien. «Cobrarás menos», me decían. «Pero viviré bien», decía yo. Y no quiero ser jefe.

¿Por qué? 

Eso lo dijimos Roberto Miranda y yo cuando llegamos a El Periódico de Aragón. A Roberto le tocaba ya por edad ser jefe. Llega un momento que, por muy tonto que seas, te toca. Es como un chaval que se pone a pegar carteles en el PSOE y, en un momento dado, lo hacen concejal. Así que dijimos eso: «yo nunca quiero ser jefe. Yo quiero ser siempre periodista». Cuando llegó lo de Televisión Española con los asaltos fue también muy divertido. Pegarte golpes de boxeo con Luisa Fernanda Rudi tenía mucho encanto. Ella me lo ha recordado alguna vez: «te llevaste algún golpe porque te lo merecías». La Rudi tiene su encaje… La tía tiene su cosa.  A Hipólito también le di fino. Los políticos llamaban para salir. Cuando llegué a la tele pregunté «¿dónde hay que firmar para no ser nunca fijo?». Luego me arrepentí. La cagué.

¿Qué opinas del Rap? 

Me encanta. Me identifico con Kase O. Nos vemos de vez en cuando. Ha leído dos novelas mías. Le gustó la primera que habla sobre Gardel. Me dijo que no lo conocía y que lo estaba escuchando mucho. ¡Es que escribían que te cagas! ¡Es que sabían escribir! No como ahora.

Háblame del trabajo de compositor. ¿Cómo lo haces? 

No tengo un método y, además, tardo mucho. No me cuesta mucho hacer la canción, tardo en que me llegue la idea y la inspiración y las ganas. Puedo estar cinco años sin hacer una canción hasta que me sale una como «El sonajero de Martín». Cuando viene la inspiración, las ganas de hacer, porque hay un tema, entonces escribo rápido. Otro asunto es cuando ya lo has escrito todo, como le pasa a Serrat, que ya ha hecho quinientas canciones. Llega un momento en que todo lo que se te ocurre ya lo has contado. Soy lento y vago para escribir. Nada me convence. No tengo ninguna discográfica que me obligue y eso me da libertad. Ese es el problema actual. Si tienes que hacer un contrato cada dos años, estás muy vendido y el resultado suele ser malo.

Tienes dos libros de poemas. 

Sí. Fue porque en esa época había que hacerlo, había que ser poeta, era lo que tocaba. He llegado a la conclusión de que no soy poeta, aunque he visto peores. Me dije «en el curriculum quedará bien».

Y escribes novelas rápido. 

Cuando sé lo que tengo que hacer, soy muy rápido. De hecho, he escrito mis memorias hasta 1982 cuando viene Felipe y dice eso de «todos a follar». Ahí acaba la historia, cuando saqué mis discos con RC. Es la primera parte, no sé si tendré ganas de escribir la segunda, que será más aburrida. Hago una descripción casi etnográfica. Por ejemplo, no había agua corriente. Las chicas iban al pozo a por agua y los hombres las acompañaban. Ahí empezaba el primer ligue. Iban con un cántaro arriba en la cabeza como las africanas y los chicos no las ayudaban. Eso me impactó. Ayudarlas sería un mariconeo. Cuento también cuando voy a Teruel, los Salesianos de Sarriá, los hoteles con quince años, Teruel y Zaragoza. Aún no sé el título, quizá «Teruel, Teruel». Tiene que salir un título bueno, algo mejor que eso.

Labordeta y tú, en el fondo, ¿de dónde habéis salido? ¿sois herederos de algo? 

Somos herederos de la gente que canta, sin más. Atahualpa Yupanki, Paco Ibáñez, Brassens, que me lo traducía el profesor Sanchís Sinisterra. Hay una coincidencia de factores, personas y tiempo y surge algo. Si no, no hubiera salido nada.  A mí me gustaba el pop de Los Brincos, no quería ser cantautor. De pronto, veo a Labordeta y canto lo que tengo cerca. Al final, le haces una canción al labrador de tu pueblo cuando tú nunca has ido a labrar. En mi pueblo me decían «tú, cabrón, no has ido nunca a coger olivas y has hecho la canción del olivo».

Alguien la tendría que hacer. 

Es una osadía, pero vas viendo el éxito y sigues. Si no, hubiera vuelto a Los Brincos. En 1970 llegué a Zaragoza y venía gente a verme y me conocían. Seguí por ese camino.

¿Es verdad que eres la persona que más ha trabajado para no trabajar? 

Yo me metí a artista para no currar, pero al final… Veo mi bagaje y me sorprendo. Me pregunto ¿cómo puedo hacer este libro de quinientas cincuenta páginas sobre Sabina? Si yo no quiero trabajar. A mi lo que me gusta es no hacer nada y leer. ¿Por qué soy tan trabajador? Quince libros y quince discos. Me esfuerzo en no trabajar y acabo trabajando mucho.

Háblame de tu relación con el poder. ¿Quién manda aquí? 

Amazon. Y lo que le queda. Dentro de poco van a ser los dueños del Planeta Tierra. Van a desaparecer las tiendas pequeñas. Es el nuevo fascismo, blanco y agradable, que te vende cosas.

¿Qué ha supuesto Facebook para ti? 

Hay gente que cuenta la vida de su hijo a diario. Es tremendo. ¿Que os pasa? Nadie sabe de mi vida si estoy casado, si tengo madre (que tengo una de 101 años que la podría sacar a ventilar ahí también). Tengo pudor. Facebook es para vender cosas. Un escaparate. Pero ¿contarle a la gente tu vida? No lo entiendo. Es para hacer un libro: cómo ha logrado Facebook que salga la verdadera personalidad de la gente. Yo estoy asombrado. La gente es así de idiota y no lo sabíamos. He dejado de admirar gente por esto. Está cayendo gente muy notable en enseñar cosas de la vida personal. Un día tuve que escribir: «Todos tenemos familia, no es ningún mérito». La gente está muy sola y necesita el aplauso. Eso es como una droga. La gente no sabe llevar su soledad. Yo vivo solo. Hay que asumir la soledad.

La omisión de los artículos

Vuelvo con mi matraca. ¿Dónde están los artículos? Cada vez los usamos menos. La Casa Real empieza a ser Casa Real. La Cruz Roja lleva ya mucho tiempo siendo Cruz Roja. Muchas marcas comerciales, con alguna excepción, perdieron su artículo en busca, quizá, de una pretendida modernidad. En baloncesto, se juega contra Valencia o contra Gran Canaria. Sin artículo. La Feria de Muestras pasó a ser “Feria de Zaragoza” y la Harinera de San José es ahora “Harinera de San José”. Los ejemplos son innumerables. A veces, el artículo se pierde por una cercanía familiar que tiene una cierta justificación. En otras muchas ocasiones, se deja de usar con la idea de convertir el objeto nombrado en una especie de marca, en algo sofisticado y moderno, tal vez parecido al venerado idioma inglés. Hace unos pocos años pasamos el sarampión de las marcas institucionales. Marca España. Timo. Marca Zaragoza. Desastre. Un país es algo más que una marca,  y es, además, algo absolutamente distinto. Pasa lo mismo con las ciudades. El empresario se empeña en hacer un buen producto y el consumidor se afana en comprar una marca. El político desea hacer una marca y el ciudadano quiere un lugar donde vivir en paz. La marca es una ficción que transmite valores e ideas. Casi todos los países y las ciudades son algo más que una ficción y no concuerdan –como el artículo- en género y número.

Supervivencia festiva

Alfonso tiene un don. Tiene también una situación complicada en la empresa y un equipo de música en casa. El don de Alfonso es cantar y decide compartirlo. Es muy posible que un par de canciones a las ocho y cinco alegren la tarde a algún vecino. No se equivoca. Sus actuaciones desde el balcón son un éxito inmediato. La oleada de aplausos impresiona. Pasan los días y Alfonso mantiene su actuación, aunque con cierta prudencia. No quiere molestar. Una de las tardes, al terminar, la ovación es tan intensa y los agradecimientos tan fuertes que el cantante del balcón dice: “muchas gracias, a ver si salimos pronto de esta y cuando nos veamos por las calles, nos saludaremos”. No sé si ahora, con la mascarilla de rigor, los vecinos reconocen a Alfonso y tampoco sé si se saludan, pero está claro que el ser humano tiene un instinto de supervivencia muy sofisticado que siempre sorprende. El aplauso se impone al luto, quizá por necesidad. Practicamos la supervivencia festiva. El artista austriaco Friedensreich Hundertwasser afirmaba en su manifiesto “Tu derecho a la ventana. Tu deber al árbol” que todos los ciudadanos deberían poder decorar el exterior de sus ventanas como a cada uno le pareciera oportuno y hasta donde alcanzara su brazo. Es una idea muy bella que roza la utopía. La decoración no solo es pintura. La belleza aparece en formas insospechadas. El mismo artista decía que cuando alguien mirara a tu balcón, debería entender lo siguiente: “ahí vive un ser humano”.

 

Fernando Simón en la cola del pan

Me encuentro a Fernando Simón en la cola de la panadería. “Vaya tute has llevado”, le digo. “Calla, calla. No me hagas hablar. Me han convertido en la bola del péndulo. Unos me han utilizado de parapeto y otros de saco de boxeo. No sé si me podré ir de vacaciones. Además, suelo ir a Caspe y ya sabes que por ahí hay jaleo”. Asiento. Veo que se están agotando las barras de pan gallego. Él va delante. A ver qué pide. “Oye, Fernando, he leído cinco definiciones de política y cumples todas. Quizá te han utilizado de escudo, como dices, para no salir ellos a explicar algunas cosas. ¿No te has sentido utilizado?”. Se lo piensa, sube las cejas, se ajusta la mascarilla y me dice: “Sí, la verdad. Empecé con argumentos científicos, pero había preguntas que se escapaban de mi alcance. No es fácil acertar cuando tienes que hablar tanto. También me siento maltratado por otros, la verdad”. Veo que se acaba el pan gallego. Mi siguiente opción es una baguette. Sigo preguntando: “¿Te va a tocar salir a decir cuánta gente se ha muerto de verdad antes del día del homenaje? Creo que estaría bien. Lo del accidente grande no se entendió”. Fernando pone cara de impotencia y de cierta incomodidad. “Eso tampoco es sencillo. No estoy seguro”. Se agota el pan gallego. Fernando me dice: “Sólo nos queda el pan congelado”. “Como los datos de las últimas semanas”, le digo. Fernando sonríe amable y se marcha, como los recién nacidos, con un pan debajo del brazo.

Emilia

Emilia nos manda un mensaje de despedida porque seguramente no podrá volver más a su puesto de trabajo. Era su último año antes de jubilarse y nos da las gracias por haber sido unos buenos compañeros de aventura. Emilia ha sido Comandante en Jefe, Directora General, Directora ejecutiva y otros muchos cargos que le he ido poniendo durante estos últimos años. “¡A ver qué cargo me toca hoy!”, decía cuando me veía aparecer por la escalera. Emilia era la sonrisa que te encontrabas al llegar y la buena palabra que te decía adiós al salir. Siempre tuvo una mano especial para tratar con los alumnos. Era como una madre para ellos. Tenaz, persistente y siempre atenta a los pequeños detalles, Emilia me perseguía año tras año hasta que le mandaba todos los apuntes y las planificaciones. Era mejor mandarlo rápido o el peso de su ley caía sobre ti. Aunque la conocí hace unos pocos años, me la imagino aprendiendo década tras década, reciclando su formación, peleando con los ordenadores, internet y las máquinas. La veo luchando siempre, elegante, fuerte, digna y alegre, con las penas que todos tenemos dentro bien colocadas en su sitio. Como ella, tantas personas que han sido la cara de oficinas, centros de estudio o administraciones se merecen un enorme agradecimiento y una digna despedida que no hay que dejar pasar. En su mensaje, Emilia dice, entre otras cosas, que tiene una estatura pequeña. Se me hace raro leerlo, yo siempre la vi gigante.

La pandemia del Coronavirus no ha tenido lugar

¿Se puede comparar una pandemia con una guerra?  ¿Puede la propaganda bélica ofrecer soluciones al poder en tiempos de cuarentena?  ¿Es posible profundizar algo más en esta comparación? Una relectura del ensayo de Jean Baudrillard «La Guerra del Golfo no ha tenido lugar», escrito en 1990, invita a hacer algunas reflexiones al respecto. El paralelismo con la pandemia del coronavirus es asombroso.

Travant ante el muro. Peter Dargatz

En el libro “El club de lectura de David Bowie”, John O´Conell habla sobre la idea de una guerra maquillada de la que no se ve prácticamente nada: “la cobertura mediática de la guerra era tan estilizada que causaba la impresión en los espectadores de que la batalla no era real, sino un mero simulacro”. El autor relaciona este mensaje con Brian Eno y explica cómo este conocido productor musical influyó con sus ideas en la espectacular gira ZooTV del grupo irlandés U2. El ensayo de Jean Baudrillard “La guerra del Golfo no ha tenido lugar” parece ser una inspiración clara de toda la maquinaria ideológica que Eno y los miembros de la banda irlandesa pasearon con éxito por el mundo y que, quizá, no se haya superado todavía en cuanto a interés y profundidad en el mensaje sobre un escenario de rock. Así como la guerra del Golfo «no tuvo lugar», es posible que la pandemia del Coronavirus tampoco haya existido o que algunos poderes se hayan afanado en que lo que ha sucedido, haya pasado del modo más inadvertido posible.

Jean Baudrillard nació en Reims en 1929. Fue un filósofo, sociólogo y crítico, sobre todo, de la cultura francesa y europea. Entre sus obras  destacan “Olvidar a Foucault” o  “El intercambio imposible”. “La  guerra del Golfo no ha tenido lugar” es un ensayo publicado por Anagrama en 1991 y está compuesto por tres artículos largos que se aparecieron en Libération en enero, febrero y marzo de 1991 y que tenían estos tres títulos diferentes: “La guerra del Golfo no tendrá lugar”, “¿Está teniendo lugar realmente la Guerra del Golfo?” y “La guerra del Golfo no ha tenido lugar”. Su lectura, en el contexto actual, impresiona. Resulta esclarecedora y pide, desde la primera página hasta la última, una comparación con lo vivido durante la pandemia del coronavirus en el año  2020 en España.

El lenguaje belicista utilizado por el presidente Pedro Sánchez en sus comparecencias de las primeras semanas de abril nos pone en bandeja la comparación con la mencionada obra de Baudrillard. ¿Por qué decide el equipo de asesores de Sánchez utilizar en sus  discursos palabras como “guerra”, “posguerra”,  “enemigo mortal”, “vencer” y otras tantas que provocaron, entre otras reacciones, un notable aluvión de críticas? El análisis del abogado experto en retórica jurídica Martín Ovejero o la columna de opinión en El País de Nuria Labari titulada «Coronavirus: Esto no es una guerra» son dos documentos esclarecedores que ponen sobre aviso al espectador.

Rehenes

En el primero de los tres artículos mencionados, Baudrillard habla de la no guerra, que se caracteriza por “una forma degenerada basada en la manipulación y la negociación de los rehenes”. El análisis sobre la figura del prisionero al que se le pone un precio tiene un interés enorme, ya que muestra algunos paralelismos con lo que ha sucedido en el proceso de confinamiento: “El rehén ha ocupado el espacio del guerrero. Se ha vuelto su personaje principal, el protagonista del simulacro, el protagonista de la no guerra. Los guerreros se entierran en el desierto, únicamente los rehenes ocupan el escenario, incluidos todos nosotros  como rehenes de la información en el escenario mundial de los medios de comunicación”.

En este caso, el guerrero es el médico, que trabaja a destajo, muere cuando tiene que morir y calla cuando tiene que callar. El secreto profesional y la honestidad radical del médico son el salvavidas del político y del mando intermedio que dio órdenes vergonzantes y que llamó alarmistas a los facultativos que tomaban medidas previas al ser conscientes de lo que iba a suceder. El médico es carne de cañón y el pago de su silencio se efectúa en aplausos a las ocho de la tarde, unos aplausos que no ha pedido.  El ciudadano, por lo general, también calla y prefiere dedicar su esfuerzo a practicar una supervivencia festiva. Así lo expone Baudrillard:  “Pasar a la acción. Por lo general está mal visto: correspondería a un levantamiento brutal de la inhibición, y por lo tanto a un proceso psicótico. A la catástrofe de lo real preferimos el exilio de lo virtual, cuyo espejo universal es la televisión”.

EFE/ Brais Lorenzo.

El confinado admite sin duda una comparación con esta figura de rehén informativo. Durante la pandemia, no hemos visto la muerte, el poder político se ha encargado de ocultarla. Hemos visto otra cosa: una constante presencia de teóricos y consejeros que nos anunciaban cómo debía ser nuestra vida, un arresto colectivo en el que podríamos hacer actividades, una solidaridad común, un cierto divertimento que nos ha ayudado a ir superando el día a día, mientras en la calle pasaban las ambulancias. Ha habido también un desfile de profetas que nos han avisado de que todo iba a cambiar en el sentido sanitario, laboral, empresarial o incluso en la misma forma de vida. Algunas opiniones sobre el cambio de modelo productivo, la llegada del teletrabajo o las nuevas costumbres higiénicas que deberemos adoptar nos avisan de que quizá el mundo haya mutado para siempre.

No hemos visto la muerte. Ha habido polémicas gratuitas y estériles -hijas quizá de un corporativismo periodístico que no importa nada al ciudadano- por mostrar un muerto en una portada o una simulación de  una fotografía con ataúdes colocados ordenadamente en la Gran Vía de Madrid. Se han enseñado cajas de muerto de cartón que se utilizaban en Estados Unidos, pero apenas hemos visto las de aquí. El artículo «Los muertos invisibles; censura en la pandemia» de El Independiente explica con detalle hasta dónde ha llegado la censura. No hemos visto el duelo. El Gobierno también ha hecho esfuerzos importantes por ocultarlo mientras la crisis estuvo en marcha.  Así lo dice Baudrillard: “Nada que hubiera podido metamorfosear las cosas en duelo se ha producido”. El  artículo mencionado en el que participan importantes representantes españoles del fotoperiodismo y del reporterismo de guerra comienza con este párrafo perturbador:

«No hay imágenes de fotoperiodistas en hospitales colapsados con enfermos durmiendo en butacas dentro de gimnasios reconvertidos en urgencias, no había fotógrafos para registrar el caos de las residencias y no se quería que se fotografiara la muerte que es, exactamente, lo que ha traído al país el coronavirus en los últimos meses».

Judith Prat, Manu Brabo o Gervasio Sánchez denuncian en este artículo la prohibición expresa de entrar en determinados lugares a documentar lo que ha sucedido. Así lo dice el periodista aragonés: «Yo no estoy diciendo que hubiera que fotografiar muertos, sino documentar una pandemia que cuadriplica el número de muertos del cerco de Sarajevo».

Además de la prensa, las televisiones y radios han tenido un papel complejo. La única realidad es que no hemos visto imágenes claras de lo que estaba pasando en hospitales, residencias y centros de Salud. La CNN en Español ofreció algunos vídeos a través de su canal de youtube en los que se podía ver cómo funcionaba alguna UVI. Estos vídeos grabados en una UCI del hospital del Mar en Barcelona, han contado con una difusión relativamente baja para la trascendencia que podrían haber tenido.

Al hablar de la guerra del Golfo, Baudrillard describe cómo el sistema de información logra una fórmula de disolución del hecho real, que se va difuminando hasta convertirse más en un debate y en un enfrentamiento que en un dato objetivo: “La información en tiempo real se sitúa en un espacio completamente irreal, que muestra por fin la imagen de la televisión pura, inútil, instantánea, en la que se pone de manifiesto su función primordial , que consiste en llenar el vacío, en colmar el agujero de la pantalla del televisor a través del cual se esfuma la sustancia del acontecimiento”.

 

Campaña electoral

Toda guerra lleva un aparato de propaganda. La información es necesaria para vencer. Tras analizar la actitud de la mayor parte de los partidos políticos españoles, nos queda la idea de haber estado inmersos en una gran campaña electoral. La muerte se convierte en moneda de cambio de una militancia ciega. La comparación con el ensayo de Baudrillard sigue siendo asombrosa:  “Sometidos al simulacro de la guerra como a un arresto domiciliario, ya somos todos, in situ, rehenes estratégicos: nuestra posición es el televisor, donde virtualmente nos bombardean a diario, mientras seguimos cumpliendo diariamente con nuestra función de valor de cambio“. Somos votantes. Nuestra toma de posición respecto a la gestión de la pandemia-guerra es lo que interesa al gobernante y al candidato a político. Y es muy probable que le interese más eso en general que las vidas que se van perdiendo en particular. La sensación de unidad se ha diluido rápidamente y unos se han esforzado en conservar el poder y otros en arañar lo que han podido.

REUTERS.

La propaganda se intensifica y se mezcla con la publicidad. No es fácil separarlas. Baudrillard la considera un parásito: “La publicidad  es, de toda nuestra cultura, la especie parasitaria más resistente. Sobreviviría a una confrontación nuclear. Es nuestro juicio final.” En este contexto, el ciudadano se encuentra con el hecho irrefutable de que el día 25 de mayo el Gobierno compra la publicidad de todos los periódicos del país para lanzar su mensaje propagandístico. La fotografía de todas las portadas de las principales cabeceras juntas con el mismo mensaje es dura y habla por sí misma. Un confidencial del medio digital Hispanidad lo califica como «una compra del Gobierno a la prensa (bueno, a los editores)», señalando a los empresarios que están detrás de la empresa de comunicación y tratando de exculpar, en cierto modo, a los profesionales de la comunicación. El coste de la campaña fue de cinco millones de euros. Sobre el mensaje «salimos más fuertes» se ha hablado mucho, pero no parece desde luego el más acertado. Hay que llenar la actualidad de mensajes para que la idea central y el suceso principal caduquen: «El acontecimiento real ya ha  quedado superado porque su crédito imaginario se ha agotado”.

La polarización lo acapara todo. Los políticos se encierran en su trinchera. Como ejemplo, sirve lo sucedido el pasado día 24 de junio cuando la Vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo, tiene un lapsus en el que manifiesta que la «credibilidad del Gobierno nunca ha existido» y los miembros de los grupos políticos que la respaldan aplauden sin concesiones. Es la idiotez aplaudida, como si un regidor de un mal programa de televisión levantara el cartel de los aplausos. Por otro lado, los periodistas son juzgados y etiquetados por sus opiniones. Estás a favor o estás en contra. Algunos profesionales de la información miran hacia otro lado. Tendrían el Watergate en la mesa y pensarían si beneficia o perjudica a los suyos. En ese sentido, todo está perdido. El ciudadano activo vuelca su frustración en las redes sociales y saca de ellas odio y desasosiego. Pocas veces encuentra alguna solución. Busca opiniones que lo anestesien y otras que lo azucen. El uso de la bandera española vuelve a polarizarse de un modo absurdo. Algunos la utilizan para una reivindicación civil, que poco tiene que ver con la unidad nacional o con alguna causa común encomiable y otros la descalifican y la siguen ligando a antiguas fórmulas totalitarias. Nada nuevo.

 

Portadas de la prensa el 24 de junio de 2020.

Ante un hecho de dimensiones desconocidas como una pandemia, el sistema invita a que cada uno se engañe en la dirección que más le interesa. Es la polarización gratuita y urgente. Es importante generar un discurso que satisfaga a tu clientela, aunque la verdad sea otra. ”La producción de engañifas se ha convertido en un sector importante de la industria bélica, como los placebos se han convertido en un sector importante de la industria médica, como la falsificación se ha convertido en un sector floreciente de la industria del arte, por no hablar de la información, que se ha convertido en un sector prioritario de la industria a secas, todo indica que estamos entrando en un mundo de decepción, donde toda una cultura se dedica alegremente a la fabricación de su falsificación. Esto significa que ya no se hace muchas ilusiones respecto a si misma”. En este sentido, la factoría de ficciones de uno y otro bando se apresura en elaborar un discurso convincente para lo propio y agresivo para lo ajeno. Así define Baudrillard esta situación en el caso de la Guerra del Golfo y el paralelismo resulta sorprendente: ”Son incapaces de imaginarse al otro y no pueden hacerle personalmente la guerra, le hacen la guerra a la alteridad del otro. Lo que pretenden es reducir esa alteridad, convertirla o si no, aniquilarla”.

El lenguaje se convierte también en un particular campo de batalla. El Gobernador se erige en improvisado creador de términos y arroja hacia los medios de comunicación palabras nuevas, recicladas o inventadas, para que la «nueva realidad» se adapte a su voluntad. El periodista, rara vez analiza, como mucho utiliza unas comillas neutrales. Los rehenes, en una suerte de hipnosis colectiva, proceden a repetir las palabras que el gobernante le sugiere para sentirse seguros dentro de una realidad que cambia. La expresión «nueva normalidad» pasa de sonar a consigna de secta de una mala película de serie B a aparecer en los titulares de la prensa. El rehén es débil, manipulable e incapaz de decidir nada por sus propios medios. Necesita del sistema hasta para saber cuándo puede sacar la basura.

Frente a esta indefensión del ciudadano, surgen algunos antihéroes que predican en las redes sociales posibles soluciones y que dan una información o incluso un pronóstico certero de lo que sucederá. Sus propuestas quedan en el eco y en el engaño de la repetición y del supuesto incendio de la red social. El poder no los mira, la prensa de masas no los escucha. Son empresarios de éxito que ganan cien veces más que el presidente. Son los políticos que no nos podemos permitir mostrando un camino de eficacia que nadie quiere seguir porque esta guerra es otra, la de la mediocridad.

Un instrumento político

Baudrillard recupera la definición de Clausewitz sobre el conflicto armado:  “La guerra no es simplemente un acto político, sino un verdadero instrumento político, una continuación de las relaciones políticas, una gestión de las mismas por otros medios”. Para algunos líderes políticos, esta pandemia ha sido también un verdadero instrumento político y una continuación de las relaciones políticas. Las reivindicaciones de Pablo Iglesias, por ejemplo, en los primeros días de pandemia, su anuncio a través de Twitter de la posibilidad de expropiación de bienes, así como sus movimientos para tener mayor peso en la seguridad nacional así lo demuestran y dejan claro que el vicepresidente ha visto en todo momento en la pandemia un instrumento político de primer orden. Otros partidos de la oposición han utilizado también la pandemia como instrumento político. Situados lejos de la gestión, en el plano de la teoría, han chapoteado en una falsa indignación incapaz de proponer soluciones. Se dan situaciones insólitas como el hecho de que el alcalde de una ciudad como Madrid, aclamado por gente de cualquier ideología, se erija en líder virtual de la oposición.

Resulta muy llamativo el paralelismo que ofrece la consideración de Baudrillard sobre el papel de los militares: ¨los generales también agotan su inteligencia artificial a fuerza de corregir sus guiones, de pulir su guerra, llegando incluso a veces a perder el  texto tras un error de manipulación». Parece un calco de lo sucedido al general Santiago, Jefe del Estado Mayor de la Guardia Civil quién llegó a decir en rueda de prensa el día 19 de abril que la Guardia Civil trabaja para «minimizar» las críticas al Gobierno.

Dimitri Svetsikas.

El exceso de presencia de los políticos en los medios de comunicación, la sobreexposición del representante del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias del Ministerio de Sanidad y su politización manifiesta o la presencia de militares en las ruedas de prensa han dejado claro que la batalla del discurso y del mensaje es la principal prioridad, muy por encima de las víctimas, que se han convertido en una parte más de la guerra. Así define Baudrillard el papel de los políticos y los militares en la guerra del Golfo y el paralelismo sigue asustando: «No hay más que verles deshaciéndose en explicaciones, prodigándose en justificaciones, perdiéndose en matizaciones técnicas o en la deontología de una guerra pura, electrónica, sin chapuzas. Quienes hablan son unos estetas, que van aplazando el vencimiento hasta lo interminable y la decisión hasta lo indecible”. La definición de esteta resulta especialmente interesante en el caso del Presidente del Gobierno y del responsable del Centro de Coordinación de Alertas Sanitarias, Fernando Simón, quien se ha convertido en un icono para un bando y en un despojo para otro y que ha sido, por cierto, incapaz de ofrecer una cifra total de víctimas debido a los múltiples cambios en el modo de contar los fallecidos. Simón ha llegado a afirmar en una entrevista para El País que el número de víctimas no es lo importante: «¿Qué más da una cifra más alta o más baja?» Hemos visto camisetas con su cara, fotografías en las que aparece montado en moto como un héroe posmoderno y un fenómeno de adhesión y justificación del error de previsión como si fuera un asunto menor. El primer ministro de Suecia dice que su gobierno no hizo lo suficiente y pide perdón. Aquí es diferente. El día 25 de junio, el Congreso de los Diputados rechaza una proposición no de ley para auditar en número real de muertos. No importa. No ha sucedido. Qué más da el número. Desde el Gobierno se afirma sin rubor que se han salvado más de cuatrocientas mil vidas.

La pandemia del Coronavirus no ha tenido lugar.

Ya nos podemos ir de vacaciones.