Causas y efectos

Correr contra el catarro. Ir en bicicleta a China para luchar contra el asma. Dar la vuelta al mundo en motocarro para combatir el dequeísmo. Saltar en paracaídas para erradicar la vil chancleta con calcetín. Acción, reacción. ¿Cuál es la mejor manera de contribuir a una causa? ¿Cuánto hay de vanidad en la ayuda? ¿Cuánto de protagonismo? ¿Es esto importante?

Así como los árboles no dejan ver el bosque, parece que la concienciación no nos deja escuchar a la conciencia. Del mismo modo que no se disfruta el sabor del séptimo cubata, la sensibilización nos está robando la sensibilidad. Las organizaciones no gubernamentales, entes que se definen por lo que no son, necesitan fondos institucionales para sobrevivir. La sensibilización consiste en que los de aquí nos enteremos más o menos de lo que pasa allá. El problema está en que a veces, sensibilizar requiere demasiado circo y acabamos haciendo el idiota sin saber para qué. Confundimos las causas con los efectos.

Como civilización nos sucede algo parecido. Discutimos por los efectos constantemente y nos olvidamos de las causas. Europa se mira al ombligo, discute sobre tonterías y no es capaz de diferenciar conceptos básicos como dentro, fuera, arriba, abajo, amigo, enemigo y otras evidencias. La causa permanece oculta y los efectos revolotean sin parar. El mito de Sísifo se repite: subir la piedra a lo alto del monte para no lograr nada.

En tránsito

Siempre se van. Siempre llegan. Nunca están. Utilizan estribillos. Después del verano. Al volver del puente. En septiembre. Ya veremos. Lo pienso y te digo. Son las personas en tránsito, una especie que crece sin parar. Se creen importantes porque tienen alguna responsabilidad. Eso les supone no tener tiempo para nada. No puedes contar con ellos porque se están marchando. Miran al teléfono. Explican su agobio. Son un nuevo tipo de pobres: los pobres del tiempo. Practican una mendicidad invertida: justifican lo que no hacen como si pidieran limosna. No son capaces de tomar un café o de recibir en sus enormes despachos a un antiguo compañero del colegio. Han olvidado su pasado. Viven en el presente y se enfocan a un futuro que se supone que será mejor. No pueden parar. Son el conejo de Alicia. A veces, se les sigue porque tienen el atractivo del éxito aparente. Tienen algo de protagonistas de Matrix o de Buzz Lightyear. Creen que son la persona, pero son el personaje, solo son un reflejo de algo. Heráclito, Parménides, Platón, Hegel. Entre sus justificaciones está la excusa de un futuro para el que hay que prepararse. Pero no se dan cuenta de que ese futuro está ocurriendo ahora. Momo tenía la respuesta. Momo sabía escuchar. Ellos estuvieron siempre entre los humanos porque son los portadores de una enfermedad que se transmite de generación en generación: el vacío interior.

Levantad la mano

Levantad la mano en las comparecencias sin preguntas. Hacedlo siempre, por sistema. Mirad a la cara al político que no admite preguntas y, sobre todo, mirad a la cara a vuestros compañeros que trabajan junto al poder. No es un asunto de poder. Es un problema profesional. No es un asunto de ideología. Lo hacen unos y lo hacen otros. Lo van a hacer cada vez más. Levantad la mano siempre. Como protesta, como gesto de dignidad. No aceptéis la expresión “comparecencia sin preguntas” como no aceptaríais “bosque sin árboles”. Hace tiempo que el poder movió sus fichas y os dio un jaque. Pasa el tiempo y parece que no hay respuesta. Lo siguiente, ya lo sabéis, se llama jaque mate. No tengáis miedo. No se puede vivir con miedo. Levantad la mano hasta que resulte violento. ¿Quién crea el lenguaje? ¿Quién inventa las palabras? ¿De verdad creéis que debemos dejar esta responsabilidad a los políticos? Hacen falta filtros. Os dicen que es un asunto de ideología: está mal cuando lo hace el que no piensa como tú. No es eso. Nada de eso. Lo hacen porque piensan que su profesión es mejor que la vuestra y porque hay asuntos que quieren ocultar. Eso se llama superioridad moral y manipulación. Levantad la mano porque es lo único que os queda. Sed molestos. Sed la voz de la gente que espera exigencia y control. Levantad la mano hasta el absurdo. Ganad la batalla, por favor.

Jornada de refracción

Desde hace un tiempo, escucho un programa de radio grabado, un podcast. Está producido por un fondo de capital riesgo que se llama K-Fund. En este espacio se entrevista a personas que han montado empresas y que, más o menos, han tenido éxito. Se habla de inversión, trabajo, creatividad, esfuerzo, dedicación, innovación y otros asuntos. En general, la gente que aparece está muy preparada, es divertida y nada estirada, tiene experiencia, habla idiomas, ha visto mundo, no se da mucha importancia y reconoce sin problemas que se ha equivocado unas cuantas veces. He escuchado más de cuarenta programas ya y en ninguno he oído quejas sobre la coyuntura económica, no ha sonado la palabra subvención y no he registrado ni una sola alusión al mundo político. Esta es mi conclusión: aquí está el talento. Estos son los que valen.

Sigo con distancia la campaña electoral. Veo con algo de vergüenza ajena los debates. Algunos de los candidatos no son capaces de defender sus titulaciones académicas con solvencia. Otros tienen que esforzarse en justificar su coherencia vital, familiar y afectiva. Todos dedican sus mayores esfuerzos a defender a sus organizaciones. Su mayor argumento es propagar el miedo a los extremos. Reflexión es lo que hace la luz ante un espejo: te muestra lo que hay. Refracción es lo que hace la luz a través de una lente: mirar más allá. Feliz jornada de refracción.

Normalidad

Mirad lo normal que soy. Pongo lavadoras en la jornada de reflexión. Salgo a correr. Como churros con mi mujer. Mirad mi santa normalidad democrática. Toco la guitarra con corista. Canto Comandante Ché Guevara. Soy el elegido. Mirad estos zapatos. Soy como vosotros. Voy a ver a mi hijo al fútbol. Compro borrajas ecológicas. Sonrío, saludo a las señoras. Mirad cómo voto. Saludo a los miembros de la mesa. Sonrío más. Las urnas son una fiesta. Hubo un tiempo en que no se podía votar, pero yo lo arreglé todo para que ahora votéis. Votad bien, ya me entendéis. Votad para que no vengan esos que ya sabéis. Hay que pararlos, hay que echarlos, hay que frenarlos. Son el mal.

Os he prometido cosas y las voy a cumplir. Haré maravillas con vuestro dinero. No me quedaré nada que no me corresponda. Mi negocio no es escalable. ¿Queréis metro? Os daré metro. ¿Queréis más tranvía? Os daré tranvía. Comeremos fruta y reduciremos las emisiones. En realidad, ya sé lo que queréis. Conozco todo lo que necesitáis, pero no está de más prometer. Los no cínicos y los no cursis no sirven para este oficio, ya sabéis. Las palabras se las lleva el Ebro, aunque, a veces, se atascan en los azudes. Si me mandas a la oposición no podré hacer todo esto que te digo, pero me esforzaré en controlar a esos malos que te decía. Cuento contigo para seguir trabajando por un futuro mejor para todos los buenos, ya me entiendes.

Marrón Obligatorio

Hace unos días, el ayuntamiento presentó la novedad del cubo marrón de los residuos orgánicos. En las informaciones que dieron los compañeros de los medios de comunicación, se repitió la siguiente frase “todavía no es obligatorio”. A nadie le llamó la atención, pero es un hecho grave. Detrás de esa frase hay una serie de reflexiones muy interesante: ¿puede un ayuntamiento obligar al ciudadano a separar las cabezas de las gambas de la tapa del yogur? ¿Hay alguna medida coercitiva que pueda obligarnos a hacer esto? ¿Revisarán nuestra basura? ¿Entrarán en nuestra casa? ¿Pondrán una cámara en el cubo? ¿Se han leído la Constitución?

Y aquí les dejo otra reflexión. Los residuos los gestionará una empresa de capital chino. Hace poco era propiedad de Forentino Pérez. El ayuntamiento apañará algunas deudas que tiene con esa empresa, aunque lo vende como “coste cero”. Los amigos de Florentino seguirán ganando dinero. El ayuntamiento nos cobrará la tasa por prestación de servicios de recogida de basuras y nosotros creeremos que estamos salvando el planeta. Gana la gran empresa, gana la administración, paga y trabaja el ciudadano. Una jugada redonda con mano de obra gratis. Necesito que me lo expliquen mejor y, si puede ser, alguien que no sea voluntario. Por ahora, me declaro objetor. Si quieren, que vengan Florentino, los chinos o Cubero a mi casa a llevarse el marrón.

Belén Ateo

Un año más, he recibido este mensaje de mi amigo Enrique Cebrián: “Los amigos a veces son pesados y se repiten, pero hay que fastidiarse y aguantarlos. Como cada año por estas fechas mando este mensaje: acabo de poner el Belén del ateo, con las figuras que fueron de mi madre. Feliz Navidad. Os quiero”. Mientras escribo este texto, escucho en bucle la canción “Boig per tu” del grupo Sau. La ha compartido en una red social junto a una explicación muy bien hecha un jurista de reconocido prestigio. Dice que es una canción hermosa y conmovedora. En la comida, Pablo, que es un sabio, ha dicho que no ve el telediario desde hace veinte años y que eso le hace ser más feliz. Ha fallecido un periodista demasiado joven. Ha nacido el hijo de Ana y de mi amigo el poeta. Ha muerto el padre de otro amigo artista. Se acaba el año. Estos últimos días me han ayudado a pensar lo siguiente: no tenemos tiempo que perder. No merece la pena estar enfrentados, ni en un constante estado de enfado. En la contradicción está el entendimiento. El Belén ateo es un símbolo de respeto a la memoria y a los otros, un acercamiento maravilloso. Apreciar la canción catalana es algo normal, bello y enriquecedor, aunque hoy nos parezca llamativo. Hay gente que vive de tensar la cuerda porque no tiene nada mejor que hacer, pero son los menos y es nuestro deber que lo sean y que cada vez se les escuche y se les vea menos. No nos queda otra. Hay que seguir remando. Feliz Año Nuevo.