El pijo y la identidad

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Ser pijo es una vocación. No puede serlo cualquiera. No es fácil ser un buen pijo. Una vez, me disfracé  de pijo con mi amigo Daniel. Habíamos tenido un disgusto compartido, una mala noticia. Estábamos sentados en la calle, apoyados en la valla de uno de esos túneles urbanos que hay en las ciudades y nos dimos cuenta de que necesitábamos salir de esa mala situación. Se nos ocurrió disfrazarnos de pijos recalcitrantes: gomina, jersey, camisas de nuestros padres y unos mocasines infames. No me pregunten por la relación causa efecto. Era un sábado. Salimos a la calle. Fue muy duro. Ser pijo requiere personalidad y mucho aguante. Nos dijeron de todo, nos silbaron y nos insultaron. Después, fuimos a una casa a la que nos habían invitado y tuvimos que justificarnos hasta la saciedad, aunque nuestra apariencia no tenía mucha explicación.

El pijo tiene perdida la batalla de la identidad. No tiene -no puede tenerla- conciencia de clase y, por lo tanto, tampoco suele tener un orgullo pijo en sí mismo. Si lo tiene, lo guarda para su familia o su entorno más cercano. Esto deriva en un complejo que sobrevuela la vida del pijo y ante el que le resulta muy complicado rebelarse. La rebeldía es una empresa compleja para el pijo. A veces, incluso cuando la practica, termina más en aberración que en dignidad. El pijo más grande que he conocido llevaba rastas y se creía muy original. En cuanto sale de su círculo, el pijo suele ser el blanco de todas las críticas y tiene que callar porque es muy probable que muchas de las afirmaciones que va a escuchar  sean ciertas.

Existen muchas definiciones de pijo. Me gusta esta de Alberto Soler en su artículo «El pijo ¿nace o se hace?» : «La sociología consensua que los pijos son unos elementos singulares, elitistas, por lo general urbanitas, ególatras, satisfechos con su imagen y con un ego reforzado por la fortuna familiar».  Este otro artículo sobre diez rasgos del pijo de los ochenta es también una joya: jersey al hombro, gomina, chaqueta austriaca, etc. Pero, sin duda, el trabajo de Karine Tinat «Pijos/as. Una cultura juvenil de identidad social fluctuante» es una de las referencias más serias y profundas. Se puede encontrar en el libro «Juventud y publicidad: aspectos teóricos sobre el concepto social de juventud y su estudio desde la disciplina publicitaria» y es una descripción  etnográfica precisa en la que se analiza la terrirorialidad, la identidad narrativa y los valores ideológicos y morales.

Desde mi punto de vista, un pijo es alguien que se preocupa más del tener que el ser y es alguien, además, profundamente inculto. El pijo tiene poco interés por saber aunque, de vez en cuando, lo finge. También,  tiene una cierta tendencia a la uniformidad, a la emulación y al utilitarismo. No solo en el vestir, también en la forma de hablar, de peinarse, de pensar y de moverse. Aunque no lo manifiesta, cree que debe amar algunas cosas y odiar otras y suele cumplir. El pijo no se sale del molde con facilidad. 

Decía el profesor Manuel Ramírez que lo mejor de la burguesía son sus hijas. Decía Cela, en una entrevista antológica con Soler Serrano, en la que, entre otras muchas cosas, explica por qué se comió un grillo, que las pijas -él las llama cursis– son muy agradecidas. La conocida canción de la Costa Brava «Adoro a la pijas de mi ciudad» profundiza en esta tesis: una pija -con perdón- tiene, quizá,  más indulgencia que un pijo.

Uno de los fenómenos musicales del pasado verano fue el grupo Carolina Durante con su canción «Cayetano«, una descarga energética que se canta a berridos y que retrata con atino a un pijo de alto nivel. Seguí de cerca el proceso porque el grupo me gustaba  y comprobé lo siguiente: la cuña de la misma madera es siempre la que mejor funciona y la redención empieza por quitarse importancia y saber reírse de uno mismo. Este fenómeno también me ha ayudado a descubrir una realidad inevitable: los extremos se tocan. Algunos odiadores oficiales de pijos terminan siendo muy parecidos a ellos. La misma mierda.

 

 

 

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