Hablar con niños: ideas para comunicarte con ellos

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Siempre se me ha dado bien hablar con los niños. He tenido facilidad  para relacionarme con ellos y ser uno más en su mundo. Desde que soy padre, he ido dejando esta capacidad un poco aparcada para ejercer la paternidad con la distancia justa. De hecho, me he forzado para dejar de ser tan majo con los hijos de los demás en muchas ocasiones por respeto a mis hijos y para no resultar pesado. Quizá por ese motivo, me ha apetecido compartir esta reflexión.

He leído algunos artículos interesantes que afrontan este asunto desde el punto de vista formal. Me gusta este del blog Cuentos para crecer en el que se explican estrategias de comunicación positiva basadas en la mirada, los gestos y algunas actitudes. El blog de Consumer tienen un buen artículo con diez consejos para hablar con el niño más orientados a la funcionalidad y que tienen algo de entrenamiento gimnástico. También es muy bueno y tiene que ver algo con lo que expongo aquí, este artículo titulado «5 trucos infalibles para que tu hijo hable contigo cada día» publicado en el blog Sapos y Princesas de El Mundo.

Con el paso del tiempo, he visto que siempre utilicé una serie de conductas de un modo inconsciente cuando me relacioné con niños de diversas edades. Tras pensar un poco, he conseguido condensarlos en una lista de diez ideas. Creo que están basados en el sentido común y que, por otro lado, no son nada del otro mundo. Sin embargo, también pienso que algunos de ellos no se utilizan demasiado, por desgracia. Puede que sirvan para mejorar a la hora de hablar con niños en general o para hablar con tus hijos en particular. En este artículo, cabrían los niños desde un año hasta la adolescencia, aunque el sentido común diría que sirven para cualquier persona. Seguro que te sirve alguno:

1. Empieza tú. Cuéntales algo. 

Una norma no escrita dice que las conversaciones con niños son una especie de interrogatorio en los que el pequeño se defiende con monosílabos. No tiene sentido. No es un «trato» justo. Si quieres entablar una conversación de confianza con alguien, deberás presentarte o explicar lo que necesitas. Con un niño es lo mismo: debes contar algo que te importe. Debes abrirte y darle confianza. En el caso de los padres esto es esencial.

Ejemplo: Al salir del colegio. Si repetimos todos los días de nuestra vida la pregunta «¿qué tal en el cole?» la respuesta será la que nos merecemos: la indiferencia o un monosílabo. No es una buena pregunta. Deberíamos contar algo nosotros sobre cómo nos ha ido el día y ver lo que pasa. Funciona de maravilla. Haz la prueba. 

El sociólogo Javier López Clemente afirma que las raíces son fundamentales. Es muy importante contarles a los niños de dónde vienen. Las historias familiares les interesan más de lo que te imaginas. También, sus fotografías son importantes para ellos. Intenta guardarlas y enseñárselas de vez en cuando, aunque no haya pasado mucho tiempo. Las fotografías en papel son también fascinantes para los niños. Es una costumbre que puede ser muy útil.

2. No hagas un cuestionario. Es absurdo. 

No tiene ningún sentido hacer un cuestionario a los niños cuando se quiere dialogar con ellos. En realidad, el objetivo de las preguntas no suele ser sacar una información especialmente valiosa, sino llegar a un punto de confianza en el que se pueda estar a gusto.  Si no se hace con los adultos, ¿por qué lo hacemos con los niños? Muy sencillo: por torpeza e ignorancia. A nadie le gustan los cuestionarios inquisitoriales.

Ejemplo: una llamada de teléfono a un sobrino o a un ahijado en el día de su cumpleaños. «¿Qué te han regalado?» ,»¿cuántos cumples?»,  «¿te sientes muy mayor?» Todas las respuestas a este tipo de preguntas serán infumables casi con total seguridad. Sería interesante contarle lo que hicimos nosotros cuando cumplimos esos años. Además, será un buen «regalo» confiarle esa experiencia. El niño se sentirá bien al recibir una información tan especial.

3. Haz una pregunta o dos más allá de lo evidente. 

Lleva trabajo, pero merece la pena. El niño se sentirá valorado si al comenzar la conversación le preguntas por algo más avanzado de lo que se espera. Interésate por algo que esté haciendo en ese momento y sube un par de peldaños.

Ejemplo: tu hijo tiene examen de matemáticas.
El nivel uno de pregunta sería: «¿qué tal en el cole?» Merece el silencio.
El nivel dos sería: «¿qué tal el examen?» Merecería un lacónico «bien».
El nivel tres, donde empiezas a hacer una pregunta digna, sería: «¿Te han puesto restas llevando?»
El nivel cuatro sería, por ejemplo: «¿Has acabado de los primeros?»
Y el nivel cinco podría ser algo así: «¿A que adivino todo lo que te han preguntado?» Te metes en un jardín enorme que seguro que interesa al pequeño. A ver cómo sales. Será el modo de conseguir que tu interlocutor comience a hablar. 

4. Haz un comentario positivo sobre su aspecto. 

Aunque no te lo parezca, en general, la autoestima de una persona pequeña es frágil. Su día a día está totalmente sometida a correcciones. Imagina cómo te sientes tú cuando alguien que te quiere te sugiere que te quites un pelo que se asoma por la nariz. Como dice mi tía Luisa, los niños reciben reconvenciones de ese tipo constantemente. Son comentarios bienintencionados, por supuesto, pero lo cierto es que se les corrige sin parar: «no grites», «límpiate los mocos», «calla», «duérmete ya», «cómete el pescado», «átate la zapatilla», etc.

Un comentario positivo sencillo es algo que un niño agradece mucho, aunque en un primer momento no lo exprese. Es sencillo y muy humano. Si alguien te dice algo agradable, tu percepción de esa persona mejora. No hace falta mentir, ni ser un fariseo. Siempre hay algo positivo que decir. Conviene ser creativo y no decir lo de siempre (¡qué ojazos!)

Ejemplo: Te quedan bien esas zapatillas. Yo tengo una camiseta como esa.

5. Hay una persona que  te trataba siempre bien cuando eras niño

Podría ser un tío, una amiga de tus padres, el portero de casa o una profesora. Te hacía sentir normal, te trataba como a un adulto y te daba un tiempo para expresarte. Las historias que te contaba eran interesantes, maravillosas y tenían siempre algo divertido. Te miraba como si fueras alguien como él. Dedica un tiempo a recordar qué tenía de especial esa persona. Después, puedes imitar algunas de sus acciones.

Ejemplo: Mi tío Julián me hablaba como si fuera un amigo suyo. Él tenía setenta años y yo diez. Un día, en un entierro, me dijo que llevaba siempre dos tipos de calzoncillos a la vez: slip y marianos porque se complementaban a la perfección. 

6. Escucha. Utiliza la memoria. Esfuérzate. 

Escuchar es fundamental. Haz caso. Pon interés. Si desconoces el nombre de sus mejores amigos, es tu culpa. Deberías conocerlo. Si no sabes qué es lo que le gusta y no le gusta en la comida, es tu culpa. Deberías conocerlo. Si no guardas una memoria paralela de eventos importantes en su vida, es tu culpa. Deberías hacerlo. Si tienes poca memoria, utiliza una agenda. Punto.

Cuando alguien de confianza le pregunta algo a tu hijo y tú estás presente, no respondas por él. No eres su representante. Tu misión es desaparecer. Seguramente, cuanto más te desentiendas de la conversación, más hablará. Puedes y debes echar oreja disimuladamente para ver qué le preguntan y qué dice, lógicamente. La clave está en acertar con la distancia.

7. Desafía la realidad

Existe un punto de desconexión enorme entre los niños y los adultos: el pacto de sangre con la realidad. Cuando te vas haciendo mayor, negocias con la realidad y acabas siendo un siervo de ella. Los niños, en cambio, no tienen ese pacto firmado todavía. La realidad y la ficción suelen estar en el mismo plano en la mente de una persona en edad infantil. Tienes que entender eso y desafiarlo. Los dibujos animados lo hacen. ¿Por qué no puedes hacerlo tú? En las conversaciones con los niños, deberías poder hablar de asuntos irreales que pongan a prueba su capacidad de entendimiento. En eso, los niños te darán una lección. Seguro que aprendes.

Ejemplo: «Mañana por la tele echan un concurso de comer salchichas y os he apuntado. Tenéis que estar preparados para comer unas cien. ¿Puedo confiar en vosotros?». Y deja que surja la magia. 

8. No le trates como a un idiota. Es una persona como tú. 

«Cuánto has crecido», «qué ojazos», «dale un beso a la tía», «se te ha comido la lengua el gato» y demás tonterías son frases que te descalifican automáticamente en este complejo concurso. Lo estás tratando como si fuera idiota y sus capacidades de percepción estuvieran algo menguadas. Lo nota. Estás fuera.

«Me gusta ese tutú, ¿me lo puedo probar?», «¿has metido un gol de chilena?», «¿sabes quién fue Marie Curie?» son frases más interesantes que se pueden utilizar como saludo en contextos concretos, de igual a igual. Parecen el principio de algo divertido.

9. Sorprende. Sé divertido. 

Los niños son muy permeables a las sorpresas. También les gusta divertirse y no son nada exigentes si se les propone cualquier actividad con un mínimo de animación. Hay que tener la capacidad de estimular y eso tiene mucha relación con la capacidad de observar. Hablar con niños es fácil si te fijas un poco en su manera de ser.

 

10. Habla con el adulto que el niño será. 

El tiempo es relativo. Tu hijo quizá algún día te ponga un pañal. Si miras la vida como el lapso, más o menos rápido que es, verás que la persona de tu hijo y la tuya están muy unidas en el tiempo. De vez en cuando, es interesante hablar con el adulto que tu hijo será y explicarle las cosas de igual a igual. No lo entenderá en el momento, lo entenderá cuando sea preciso, pero lo sabrá valorar ahora si sabes cómo hacerlo.

 

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