Moncín

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“Chaval, yo no hago fotos de chocolates. Aquí no hacemos catálogos”. Moncín ni me miró y siguió a lo suyo. Volví a la mesa con un reportaje sobre productos de comercio justo por hacer. Unos meses después, en la plaza de Toros durante las fiestas del Pilar me dijo: “Chaval, un solo disparo” y me enseñó un retrato impecable de Morante en su cámara digital. Bien vestido, peinado hacia atrás, con esa elegancia suya en el vestir y en el callar, iba todos los días a la Misericordia con una maleta de ruedas y con un número limitado de disparos en la mente.  Quizá, como algunos artistas, llevaba también dibujadas en la imaginación las fotos que quería conseguir. Dentro de la maleta, además de sus cámaras, llevaba un artilugio que le permitía hacer fotos a distancia con pequeñas cámaras que, un buen rato antes, había escondido entre las tablas. Fino en la suerte del saludo, tenía tres palabras justas para todo el que se cruzaba con él por la plaza. “Chaval, ese señor de ahí hizo la foto de la muerte de Manolete. Respeto”. Terminada la corrida, Moncín arrancaba a buen paso con la maleta como quien va a perder un tren. Una hora más tarde, llegaba el gran momento: la selección. “Mira, chaval, un avión perfecto. Esta otra para tu página y esta se la pones a Solís”. No faltaba nada. Tampoco sobraba. Los días de toros, Moncín era feliz a su modo. Tenía un deber con la información y un compromiso con la belleza.

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