Selfi diodenal

por | 18 mayo, 2015
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selfichiquito

Foto hecha por @aalmadain en su cuenta de twitter

Nos fascina el lenguaje, pero no nos damos cuenta. Por supuesto, no le damos la importancia que tiene. Así que nos dejamos llevar y nos convertimos en cacatúas que repiten palabras de moda y que sienten una íntima necesidad de utilizarlas para estar dentro del rebaño. El reciente caso de idiotez colectiva en torno a la palabra selfi es un buen ejemplo. No nos fascina tanto el hecho de hacernos fotos con nuestras propias manos, como el hecho de poder ponerle un nombre a esa acción. Hay documentadas fotos de este tipo desde 1920. No es nada nuevo. Lo nuevo es la palabra. Nos gusta más poder decir “selfi” que la propia foto. Las redes sociales, jaleadas por los medios de comunicación, magnifican esta moda y hacen que las palabras fascinantes cobren un brillo y una capacidad de penetración social desconocida. Quizá, el precedente más claro de revolución de palabras fascinantes sucedido en España fue el protagonizado por Chiquito de la Calzada -hablo en serio- con su retahíla de vocablos imposibles, divertidos y desinhibidos. “Finstro”, “vaginal”, “diodenal”, “caídita de Roma” y demás locuras tomaron un protagonismo en la jerga popular que aún permanece en algunos casos. Lo queramos o no, así evoluciona nuestra lengua. De espaldas a sus raíces, expuesta a modas y a esperpentos amplificados.

Llama la atención el papel de algunas instituciones académicas como la RAE o la Fundeu que vienen después, como los observadores internacionales tras un terremoto, a dictaminar qué es lo que se ha salvado y qué se puede aprovechar tras el desastre. No es el momento de quejarse de la invasión de vocablos ingleses. Les invito a buscar el poema “Flash” de Daniel Orviz en internet, una historia brillante e inspirada construida con anglicismos que da cierto miedo y sorprende al mismo tiempo. No me quejo, digo. Solo observo desde mi mecedora y pienso. Estamos ante una gran oportunidad. Para comunicarse en varios idiomas nos van a ayudar las máquinas. Para utilizar bien el propio lenguaje no nos va ayudar nadie. Quizá la lectura y los buenos libros sean más modernos y tengan más futuro que muchas maquinitas que ahora nos deslumbran.

 

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