Santa democracia

Ponle una nota, por favor
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Cuando me muera, por favor, que nadie repita el estribillo estúpido de que yo era un demócrata. Prefiero que digan otras cosas, aunque sean malas. Hemos convertido la democracia en un valor y parece que nos olvidamos de que es solo una forma de organizarnos. Nada más. Es el entorno. Nótese que no digo “escenario” porque no me apetece repetir la odiosa expresión que ahora utiliza todo el mundo. Escenario, escenificar, hoja de ruta y demás estupideces. Nos estamos empeñando en enseñar a nuestros estudiantes la Constitución y las normas de circulación y estamos poniendo menos interés en enseñarles a ceder el asiento a los mayores o a ayudar a los que lo necesitan. Hay más valores en lo segundo que en lo primero, créanme. A lo que íbamos: la vida no es democrática. No lo es en absoluto. Desde pequeños, nos imponen muchas cosas sin preguntar. El amor no es democrático, menos mal. La amistad tampoco. El PP y el PSOE no son nada democráticos de puertas adentro: el dedo de Aznar, las lágrimas de Chacón. Ninguna empresa del mundo lo es. La Iglesia -recibe críticas por ello- no es democrática. Podemos seguir con la enumeración hasta llegar a la curiosa conclusión de que la democracia no es nada democrática. La historia reciente de la transición nos lo demuestra. El dictador murió en la cama y algunas de sus estatuas han caído treinta años después.  ¿Qué hacemos entonces? ¿Nos echamos al monte? ¿Empezamos a quemar coches? Creo que no hace falta. Propongo algo más sencillo y mucho más revolucionario: busquemos principios y valores que valgan la pena. La Constitución, el Estado de Derecho y la democracia son el recinto del que no podemos salir, pero no son una ideología.  Pensemos, elijamos y exijamos a los políticos un mínimo de profundidad. Ya saben, si no pensamos, alguien lo hará por nosotros.

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