Tengo una llamada

por | 4 enero, 2012
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Lo acariciamos con el dedo delicadamente. Lo miramos con cariño y atención. Lo llevamos en la mano como a un gorrión recién caído del nido o como a una brújula que nos pudiera salvar la vida. Le hacemos más caso a él que a las personas que tenemos al lado. Lo utilizamos como excusa para escapar de situaciones embarazosas y nos sirve para olvidar que, a veces, estamos aburridos y que en alguna ocasión nos encontramos tremendamente solos. Si se nos queda viejo, nos avergonzamos porque envejece rápido y la gente se suele burlar de él. Lo sustituimos enseguida, pero sigue siendo el mismo, ese trozo de uno mismo que un día decidimos poner a la venta. Lo necesitamos, dependemos de él, si salimos de casa sin él, nos sentimos extraños. Hemos cambiado el verbo descansar por “desconectar”, pero lo cierto es que no nos desconectamos, así que descansamos poco. Usamos un “manos libres” para atarnos un poco más mientras conducimos, qué paradoja. Hacemos llamadas “perdidas” para encontrarnos más fácilmente. Si no nos responden, nos creemos con derecho a enfadarnos. ¿Para qué lo tienes si no lo coges? Nos lo venden con palabras positivas como libertad, comunicación, conexión y personas, pero, en realidad, solo es una herramienta que hemos convertido en un fin. Hemos perdido la educación a la hora de utilizarlo, cuando suena, lo cogemos sin pedir disculpas, vamos hablando en el autobús en voz alta sobre vulgaridades que no le interesan a nadie como lo que tenemos que comprar o lo que vamos a hacer para comer. Patatas otra vez. Sí, pero con borraja. Te lo metes al microondas. Algunos van hablando por la calle con un cable que les permite no llevarlo en la mano y parecen locos que hablan solos. Deberíamos aprender a estar solos. Perdonen, ahora sigo escribiendo, tengo una llamada.

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