Entré en Martín Martín

Entré en Martín Martín a comprar gominolas gominolas.

Mientras avanzaba por el interior del establecimiento, un intenso olor salobre entró por mis narices y me golpeó el cerebro. De pronto, ante mí se alzó una figura difusa con forma humanoide y me habló:

-Soy el espíritu del encurtido. Me manifiesto ante ti para que seas mi portavoz, para que lleves mi mensaje por el mundo.

-Cuenta conmigo. ¿Qué debo hacer?

-Repetir aquello que dijo Jesús: «Si la sal se vuelve sosa ¿quién la salará?». Solo eso.

Salí de Martín Martín con una misión misión.

 

Entré en Burguer King

Entré en Burguer King silbando el himno de Riego.

Pedí juguetes, papeles y pegatinas. A cambio, me dieron una comida apestosa y una bebida hecha a base de agua y polvos.

Entre los objetos que había comprado destacaba una corona de papel dorado. Salí de Burguer King. En la esquina, había un pobre pidiendo limosna. Me acerqué a él y emulé a Alejandro:

-Tú pides como pobre. Yo te doy como rey.

Y puse mi corona en su cabeza y una grasienta hamburguesa en sus manos.

Entré en H&M

Entré en H&M buscando la verdad.

Un tipo pijo me dijo que no sabía dónde estaba, que buscara en los probadores. Le hice caso. Una señorita me dijo que no la había visto en los colgadores de ropa probada. Decidí buscarla dentro de cada uno de los probadores.

Cuando acababa de abrir la tercera cabina, una alarma muy fuerte empezó a sonar y unas luces de emergencia naranjas se iluminaron. Por la megafonía se escuchó lo siguiente:

-La nave nodriza se autodestruirá en unos minutos. Diríjanse a las cápsulas de salvamento.

Mucha gente vino a los probadores. En cada uno cabíamos cuatro. Dos señoras y un jabalí entraron en la que yo ocupaba. Fuimos despedidos al espacio exterior.

Ahora, vagamos por el universo esperando que alguien nos rescate quizá dentro de un millón de años. Una de las señoras me preguntó qué hacía yo en los probadores. Le respondí que buscaba la verdad a lo que ella respondió:

-¿Y qué es la verdad?

Entonces pensé que esa frase ya la había oído en algún sitio.

 

Entré en Sephora

Entré en Sephora pensando en la misión trascendental de la hache intercalada.

Tenía sed y comencé a beber el líquido que había dentro de los innumerables botes de colorines que llenan las estanterías.

Una señorita se acercó a mí y me dijo:

-¿Qué hace?

-Bebo.

-Pero eso no está permitido. Está usted bebiendo perfume.

-No. Me bebo los recuerdos que tendrán en el futuro algunas personas. Desengaños, nostalgias, sudores, pulverizados que intentan tapar el implacable olor del hospital.

Me invitaron a salir de Sephora. Eructé y de mí boca salió una nube multicolor que se elevó hasta el cielo.