La ciudad genérica

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En la plaza de Carbón pasaban cosas que ya no volverán a suceder. Trapicheo de relojes, celestineo, una floristería con personalidad y, de vez en cuando, la garita del circo. El toldo de los montaditos espera su momento para adueñarse del paisaje con su cerveza a precios populares y el sabor a pan congelado. Proceso de participación ciudadana abierto. Nadie al volante. Caminamos hacia la ciudad genérica que anunció el arquitecto Koolhaas. Parece que habrá zona azul en los barrios porque ir en coche está feo. Cuando sale el ERE de turno en la GM, cuando volvemos de Las Lomas o cuando nos traen el paquete de Amazon sí que nos gustan los coches. El partido que manda ve ahora necesario el asumido timo de pagar por aparcar. Cuando era oposición, pensaba que era un abuso. Vías pacificadas, párquines disuasorios, supermanzanas, colonias felinas, zonas de esparcimiento canino y la bicicleta como el vehículo del héroe que salva el planeta en su trayecto de Plaza España a San Francisco. La impunidad de los ladrones de bicicletas en Zaragoza sería un caso de estudio que no parece importarle a nadie y que alguna vez habrá que abordar. La Romareda, un año más sin pelotazo. La tierra prometida de Arcosur, un tren que pasa por la puerta del Casino Mercantil, los lagos de Penélope Cruz, el parque del Che Guevara y el túnel carretero del que nadie habla desde la Expo. ¿Se considera usted un ingeniero social? Le dije un día a Belloch. Sí, me respondió. Y no hice más preguntas.

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