La pandemia del Coronavirus no ha tenido lugar

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¿Se puede comparar una pandemia con una guerra?  ¿Puede la propaganda bélica ofrecer soluciones al poder en tiempos de cuarentena?  ¿Es posible profundizar algo más en esta comparación? Una relectura del ensayo de Jean Baudrillard «La Guerra del Golfo no ha tenido lugar», escrito en 1990, invita a hacer algunas reflexiones al respecto. El paralelismo con la pandemia del coronavirus es asombroso.

Travant ante el muro. Peter Dargatz

En el libro “El club de lectura de David Bowie”, John O´Conell habla sobre la idea de una guerra maquillada de la que no se ve prácticamente nada: “la cobertura mediática de la guerra era tan estilizada que causaba la impresión en los espectadores de que la batalla no era real, sino un mero simulacro”. El autor relaciona este mensaje con Brian Eno y explica cómo este conocido productor musical influyó con sus ideas en la espectacular gira ZooTV del grupo irlandés U2. El ensayo de Jean Baudrillard “La guerra del Golfo no ha tenido lugar” parece ser una inspiración clara de toda la maquinaria ideológica que Eno y los miembros de la banda irlandesa pasearon con éxito por el mundo y que, quizá, no se haya superado todavía en cuanto a interés y profundidad en el mensaje sobre un escenario de rock. Así como la guerra del Golfo «no tuvo lugar», es posible que la pandemia del Coronavirus tampoco haya existido o que algunos poderes se hayan afanado en que lo que ha sucedido, haya pasado del modo más inadvertido posible.

Jean Baudrillard nació en Reims en 1929. Fue un filósofo, sociólogo y crítico, sobre todo, de la cultura francesa y europea. Entre sus obras  destacan “Olvidar a Foucault” o  “El intercambio imposible”. “La  guerra del Golfo no ha tenido lugar” es un ensayo publicado por Anagrama en 1991 y está compuesto por tres artículos largos que se aparecieron en Libération en enero, febrero y marzo de 1991 y que tenían estos tres títulos diferentes: “La guerra del Golfo no tendrá lugar”, “¿Está teniendo lugar realmente la Guerra del Golfo?” y “La guerra del Golfo no ha tenido lugar”. Su lectura, en el contexto actual, impresiona. Resulta esclarecedora y pide, desde la primera página hasta la última, una comparación con lo vivido durante la pandemia del coronavirus en el año  2020 en España.

El lenguaje belicista utilizado por el presidente Pedro Sánchez en sus comparecencias de las primeras semanas de abril nos pone en bandeja la comparación con la mencionada obra de Baudrillard. ¿Por qué decide el equipo de asesores de Sánchez utilizar en sus  discursos palabras como “guerra”, “posguerra”,  “enemigo mortal”, “vencer” y otras tantas que provocaron, entre otras reacciones, un notable aluvión de críticas? El análisis del abogado experto en retórica jurídica Martín Ovejero o la columna de opinión en El País de Nuria Labari titulada «Coronavirus: Esto no es una guerra» son dos documentos esclarecedores que ponen sobre aviso al espectador.

Rehenes

En el primero de los tres artículos mencionados, Baudrillard habla de la no guerra, que se caracteriza por “una forma degenerada basada en la manipulación y la negociación de los rehenes”. El análisis sobre la figura del prisionero al que se le pone un precio tiene un interés enorme, ya que muestra algunos paralelismos con lo que ha sucedido en el proceso de confinamiento: “El rehén ha ocupado el espacio del guerrero. Se ha vuelto su personaje principal, el protagonista del simulacro, el protagonista de la no guerra. Los guerreros se entierran en el desierto, únicamente los rehenes ocupan el escenario, incluidos todos nosotros  como rehenes de la información en el escenario mundial de los medios de comunicación”.

En este caso, el guerrero es el médico, que trabaja a destajo, muere cuando tiene que morir y calla cuando tiene que callar. El secreto profesional y la honestidad radical del médico son el salvavidas del político y del mando intermedio que dio órdenes vergonzantes y que llamó alarmistas a los facultativos que tomaban medidas previas al ser conscientes de lo que iba a suceder. El médico es carne de cañón y el pago de su silencio se efectúa en aplausos a las ocho de la tarde, unos aplausos que no ha pedido.  El ciudadano, por lo general, también calla y prefiere dedicar su esfuerzo a practicar una supervivencia festiva. Así lo expone Baudrillard:  “Pasar a la acción. Por lo general está mal visto: correspondería a un levantamiento brutal de la inhibición, y por lo tanto a un proceso psicótico. A la catástrofe de lo real preferimos el exilio de lo virtual, cuyo espejo universal es la televisión”.

EFE/ Brais Lorenzo.

El confinado admite sin duda una comparación con esta figura de rehén informativo. Durante la pandemia, no hemos visto la muerte, el poder político se ha encargado de ocultarla. Hemos visto otra cosa: una constante presencia de teóricos y consejeros que nos anunciaban cómo debía ser nuestra vida, un arresto colectivo en el que podríamos hacer actividades, una solidaridad común, un cierto divertimento que nos ha ayudado a ir superando el día a día, mientras en la calle pasaban las ambulancias. Ha habido también un desfile de profetas que nos han avisado de que todo iba a cambiar en el sentido sanitario, laboral, empresarial o incluso en la misma forma de vida. Algunas opiniones sobre el cambio de modelo productivo, la llegada del teletrabajo o las nuevas costumbres higiénicas que deberemos adoptar nos avisan de que quizá el mundo haya mutado para siempre.

No hemos visto la muerte. Ha habido polémicas gratuitas y estériles -hijas quizá de un corporativismo periodístico que no importa nada al ciudadano- por mostrar un muerto en una portada o una simulación de  una fotografía con ataúdes colocados ordenadamente en la Gran Vía de Madrid. Se han enseñado cajas de muerto de cartón que se utilizaban en Estados Unidos, pero apenas hemos visto las de aquí. El artículo «Los muertos invisibles; censura en la pandemia» de El Independiente explica con detalle hasta dónde ha llegado la censura. No hemos visto el duelo. El Gobierno también ha hecho esfuerzos importantes por ocultarlo mientras la crisis estuvo en marcha.  Así lo dice Baudrillard: “Nada que hubiera podido metamorfosear las cosas en duelo se ha producido”. El  artículo mencionado en el que participan importantes representantes españoles del fotoperiodismo y del reporterismo de guerra comienza con este párrafo perturbador:

«No hay imágenes de fotoperiodistas en hospitales colapsados con enfermos durmiendo en butacas dentro de gimnasios reconvertidos en urgencias, no había fotógrafos para registrar el caos de las residencias y no se quería que se fotografiara la muerte que es, exactamente, lo que ha traído al país el coronavirus en los últimos meses».

Judith Prat, Manu Brabo o Gervasio Sánchez denuncian en este artículo la prohibición expresa de entrar en determinados lugares a documentar lo que ha sucedido. Así lo dice el periodista aragonés: «Yo no estoy diciendo que hubiera que fotografiar muertos, sino documentar una pandemia que cuadriplica el número de muertos del cerco de Sarajevo».

Además de la prensa, las televisiones y radios han tenido un papel complejo. La única realidad es que no hemos visto imágenes claras de lo que estaba pasando en hospitales, residencias y centros de Salud. La CNN en Español ofreció algunos vídeos a través de su canal de youtube en los que se podía ver cómo funcionaba alguna UVI. Estos vídeos grabados en una UCI del hospital del Mar en Barcelona, han contado con una difusión relativamente baja para la trascendencia que podrían haber tenido.

Al hablar de la guerra del Golfo, Baudrillard describe cómo el sistema de información logra una fórmula de disolución del hecho real, que se va difuminando hasta convertirse más en un debate y en un enfrentamiento que en un dato objetivo: “La información en tiempo real se sitúa en un espacio completamente irreal, que muestra por fin la imagen de la televisión pura, inútil, instantánea, en la que se pone de manifiesto su función primordial , que consiste en llenar el vacío, en colmar el agujero de la pantalla del televisor a través del cual se esfuma la sustancia del acontecimiento”.

 

Campaña electoral

Toda guerra lleva un aparato de propaganda. La información es necesaria para vencer. Tras analizar la actitud de la mayor parte de los partidos políticos españoles, nos queda la idea de haber estado inmersos en una gran campaña electoral. La muerte se convierte en moneda de cambio de una militancia ciega. La comparación con el ensayo de Baudrillard sigue siendo asombrosa:  “Sometidos al simulacro de la guerra como a un arresto domiciliario, ya somos todos, in situ, rehenes estratégicos: nuestra posición es el televisor, donde virtualmente nos bombardean a diario, mientras seguimos cumpliendo diariamente con nuestra función de valor de cambio“. Somos votantes. Nuestra toma de posición respecto a la gestión de la pandemia-guerra es lo que interesa al gobernante y al candidato a político. Y es muy probable que le interese más eso en general que las vidas que se van perdiendo en particular. La sensación de unidad se ha diluido rápidamente y unos se han esforzado en conservar el poder y otros en arañar lo que han podido.

REUTERS.

La propaganda se intensifica y se mezcla con la publicidad. No es fácil separarlas. Baudrillard la considera un parásito: “La publicidad  es, de toda nuestra cultura, la especie parasitaria más resistente. Sobreviviría a una confrontación nuclear. Es nuestro juicio final.” En este contexto, el ciudadano se encuentra con el hecho irrefutable de que el día 25 de mayo el Gobierno compra la publicidad de todos los periódicos del país para lanzar su mensaje propagandístico. La fotografía de todas las portadas de las principales cabeceras juntas con el mismo mensaje es dura y habla por sí misma. Un confidencial del medio digital Hispanidad lo califica como «una compra del Gobierno a la prensa (bueno, a los editores)», señalando a los empresarios que están detrás de la empresa de comunicación y tratando de exculpar, en cierto modo, a los profesionales de la comunicación. El coste de la campaña fue de cinco millones de euros. Sobre el mensaje «salimos más fuertes» se ha hablado mucho, pero no parece desde luego el más acertado. Hay que llenar la actualidad de mensajes para que la idea central y el suceso principal caduquen: «El acontecimiento real ya ha  quedado superado porque su crédito imaginario se ha agotado”.

La polarización lo acapara todo. Los políticos se encierran en su trinchera. Como ejemplo, sirve lo sucedido el pasado día 24 de junio cuando la Vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo, tiene un lapsus en el que manifiesta que la «credibilidad del Gobierno nunca ha existido» y los miembros de los grupos políticos que la respaldan aplauden sin concesiones. Es la idiotez aplaudida, como si un regidor de un mal programa de televisión levantara el cartel de los aplausos. Por otro lado, los periodistas son juzgados y etiquetados por sus opiniones. Estás a favor o estás en contra. Algunos profesionales de la información miran hacia otro lado. Tendrían el Watergate en la mesa y pensarían si beneficia o perjudica a los suyos. En ese sentido, todo está perdido. El ciudadano activo vuelca su frustración en las redes sociales y saca de ellas odio y desasosiego. Pocas veces encuentra alguna solución. Busca opiniones que lo anestesien y otras que lo azucen. El uso de la bandera española vuelve a polarizarse de un modo absurdo. Algunos la utilizan para una reivindicación civil, que poco tiene que ver con la unidad nacional o con alguna causa común encomiable y otros la descalifican y la siguen ligando a antiguas fórmulas totalitarias. Nada nuevo.

 

Portadas de la prensa el 24 de junio de 2020.

Ante un hecho de dimensiones desconocidas como una pandemia, el sistema invita a que cada uno se engañe en la dirección que más le interesa. Es la polarización gratuita y urgente. Es importante generar un discurso que satisfaga a tu clientela, aunque la verdad sea otra. ”La producción de engañifas se ha convertido en un sector importante de la industria bélica, como los placebos se han convertido en un sector importante de la industria médica, como la falsificación se ha convertido en un sector floreciente de la industria del arte, por no hablar de la información, que se ha convertido en un sector prioritario de la industria a secas, todo indica que estamos entrando en un mundo de decepción, donde toda una cultura se dedica alegremente a la fabricación de su falsificación. Esto significa que ya no se hace muchas ilusiones respecto a si misma”. En este sentido, la factoría de ficciones de uno y otro bando se apresura en elaborar un discurso convincente para lo propio y agresivo para lo ajeno. Así define Baudrillard esta situación en el caso de la Guerra del Golfo y el paralelismo resulta sorprendente: ”Son incapaces de imaginarse al otro y no pueden hacerle personalmente la guerra, le hacen la guerra a la alteridad del otro. Lo que pretenden es reducir esa alteridad, convertirla o si no, aniquilarla”.

El lenguaje se convierte también en un particular campo de batalla. El Gobernador se erige en improvisado creador de términos y arroja hacia los medios de comunicación palabras nuevas, recicladas o inventadas, para que la «nueva realidad» se adapte a su voluntad. El periodista, rara vez analiza, como mucho utiliza unas comillas neutrales. Los rehenes, en una suerte de hipnosis colectiva, proceden a repetir las palabras que el gobernante le sugiere para sentirse seguros dentro de una realidad que cambia. La expresión «nueva normalidad» pasa de sonar a consigna de secta de una mala película de serie B a aparecer en los titulares de la prensa. El rehén es débil, manipulable e incapaz de decidir nada por sus propios medios. Necesita del sistema hasta para saber cuándo puede sacar la basura.

Frente a esta indefensión del ciudadano, surgen algunos antihéroes que predican en las redes sociales posibles soluciones y que dan una información o incluso un pronóstico certero de lo que sucederá. Sus propuestas quedan en el eco y en el engaño de la repetición y del supuesto incendio de la red social. El poder no los mira, la prensa de masas no los escucha. Son empresarios de éxito que ganan cien veces más que el presidente. Son los políticos que no nos podemos permitir mostrando un camino de eficacia que nadie quiere seguir porque esta guerra es otra, la de la mediocridad.

Un instrumento político

Baudrillard recupera la definición de Clausewitz sobre el conflicto armado:  “La guerra no es simplemente un acto político, sino un verdadero instrumento político, una continuación de las relaciones políticas, una gestión de las mismas por otros medios”. Para algunos líderes políticos, esta pandemia ha sido también un verdadero instrumento político y una continuación de las relaciones políticas. Las reivindicaciones de Pablo Iglesias, por ejemplo, en los primeros días de pandemia, su anuncio a través de Twitter de la posibilidad de expropiación de bienes, así como sus movimientos para tener mayor peso en la seguridad nacional así lo demuestran y dejan claro que el vicepresidente ha visto en todo momento en la pandemia un instrumento político de primer orden. Otros partidos de la oposición han utilizado también la pandemia como instrumento político. Situados lejos de la gestión, en el plano de la teoría, han chapoteado en una falsa indignación incapaz de proponer soluciones. Se dan situaciones insólitas como el hecho de que el alcalde de una ciudad como Madrid, aclamado por gente de cualquier ideología, se erija en líder virtual de la oposición.

Resulta muy llamativo el paralelismo que ofrece la consideración de Baudrillard sobre el papel de los militares: ¨los generales también agotan su inteligencia artificial a fuerza de corregir sus guiones, de pulir su guerra, llegando incluso a veces a perder el  texto tras un error de manipulación». Parece un calco de lo sucedido al general Santiago, Jefe del Estado Mayor de la Guardia Civil quién llegó a decir en rueda de prensa el día 19 de abril que la Guardia Civil trabaja para «minimizar» las críticas al Gobierno.

Dimitri Svetsikas.

El exceso de presencia de los políticos en los medios de comunicación, la sobreexposición del representante del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias del Ministerio de Sanidad y su politización manifiesta o la presencia de militares en las ruedas de prensa han dejado claro que la batalla del discurso y del mensaje es la principal prioridad, muy por encima de las víctimas, que se han convertido en una parte más de la guerra. Así define Baudrillard el papel de los políticos y los militares en la guerra del Golfo y el paralelismo sigue asustando: «No hay más que verles deshaciéndose en explicaciones, prodigándose en justificaciones, perdiéndose en matizaciones técnicas o en la deontología de una guerra pura, electrónica, sin chapuzas. Quienes hablan son unos estetas, que van aplazando el vencimiento hasta lo interminable y la decisión hasta lo indecible”. La definición de esteta resulta especialmente interesante en el caso del Presidente del Gobierno y del responsable del Centro de Coordinación de Alertas Sanitarias, Fernando Simón, quien se ha convertido en un icono para un bando y en un despojo para otro y que ha sido, por cierto, incapaz de ofrecer una cifra total de víctimas debido a los múltiples cambios en el modo de contar los fallecidos. Simón ha llegado a afirmar en una entrevista para El País que el número de víctimas no es lo importante: «¿Qué más da una cifra más alta o más baja?» Hemos visto camisetas con su cara, fotografías en las que aparece montado en moto como un héroe posmoderno y un fenómeno de adhesión y justificación del error de previsión como si fuera un asunto menor. El primer ministro de Suecia dice que su gobierno no hizo lo suficiente y pide perdón. Aquí es diferente. El día 25 de junio, el Congreso de los Diputados rechaza una proposición no de ley para auditar en número real de muertos. No importa. No ha sucedido. Qué más da el número. Desde el Gobierno se afirma sin rubor que se han salvado más de cuatrocientas mil vidas.

La pandemia del Coronavirus no ha tenido lugar.

Ya nos podemos ir de vacaciones.

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