Fernando Simón en la cola del pan

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Me encuentro a Fernando Simón en la cola de la panadería. “Vaya tute has llevado”, le digo. “Calla, calla. No me hagas hablar. Me han convertido en la bola del péndulo. Unos me han utilizado de parapeto y otros de saco de boxeo. No sé si me podré ir de vacaciones. Además, suelo ir a Caspe y ya sabes que por ahí hay jaleo”. Asiento. Veo que se están agotando las barras de pan gallego. Él va delante. A ver qué pide. “Oye, Fernando, he leído cinco definiciones de política y cumples todas. Quizá te han utilizado de escudo, como dices, para no salir ellos a explicar algunas cosas. ¿No te has sentido utilizado?”. Se lo piensa, sube las cejas, se ajusta la mascarilla y me dice: “Sí, la verdad. Empecé con argumentos científicos, pero había preguntas que se escapaban de mi alcance. No es fácil acertar cuando tienes que hablar tanto. También me siento maltratado por otros, la verdad”. Veo que se acaba el pan gallego. Mi siguiente opción es una baguette. Sigo preguntando: “¿Te va a tocar salir a decir cuánta gente se ha muerto de verdad antes del día del homenaje? Creo que estaría bien. Lo del accidente grande no se entendió”. Fernando pone cara de impotencia y de cierta incomodidad. “Eso tampoco es sencillo. No estoy seguro”. Se agota el pan gallego. Fernando me dice: “Sólo nos queda el pan congelado”. “Como los datos de las últimas semanas”, le digo. Fernando sonríe amable y se marcha, como los recién nacidos, con un pan debajo del brazo.

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