Supervivencia festiva

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Alfonso tiene un don. Tiene también una situación complicada en la empresa y un equipo de música en casa. El don de Alfonso es cantar y decide compartirlo. Es muy posible que un par de canciones a las ocho y cinco alegren la tarde a algún vecino. No se equivoca. Sus actuaciones desde el balcón son un éxito inmediato. La oleada de aplausos impresiona. Pasan los días y Alfonso mantiene su actuación, aunque con cierta prudencia. No quiere molestar. Una de las tardes, al terminar, la ovación es tan intensa y los agradecimientos tan fuertes que el cantante del balcón dice: “muchas gracias, a ver si salimos pronto de esta y cuando nos veamos por las calles, nos saludaremos”. No sé si ahora, con la mascarilla de rigor, los vecinos reconocen a Alfonso y tampoco sé si se saludan, pero está claro que el ser humano tiene un instinto de supervivencia muy sofisticado que siempre sorprende. El aplauso se impone al luto, quizá por necesidad. Practicamos la supervivencia festiva. El artista austriaco Friedensreich Hundertwasser afirmaba en su manifiesto “Tu derecho a la ventana. Tu deber al árbol” que todos los ciudadanos deberían poder decorar el exterior de sus ventanas como a cada uno le pareciera oportuno y hasta donde alcanzara su brazo. Es una idea muy bella que roza la utopía. La decoración no solo es pintura. La belleza aparece en formas insospechadas. El mismo artista decía que cuando alguien mirara a tu balcón, debería entender lo siguiente: “ahí vive un ser humano”.

 

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