Es un muchacho excelente

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Cuando los políticos, los empresarios y los periodistas abusan de una palabra hay que ponerse a temblar y, después, a pensar. Es el caso de la palabra excelencia, que no deja de sonar en conferencias y de aparecer en disposiciones normativas y telediarios. La excelencia viene a ser una especie de perfección descafeinada porque ya sabemos que nadie es perfecto. El problema es que a los ejecutivos teóricos de conferencia con power point, paseos por el auditorio, factura de dos mil euros y demás monsergas americanas les da mucha rabia no ser perfectos como su Rolex y junto a políticos, empresarios de altos vuelos y algún que otro profesor de universidad organizan simposios, mesas redondas, conferencias y hasta cafés de madres para decirse unos a otros lo excelentes que son. Esta idea es la excusa perfecta para vender la moto a cierto tipo de cliente. Esos clientes que quieren palabras bonitas, palmadas en la espalda y alguna palabreja en inglés para sacar la chequera a gusto. Es, quizá, una idea bienintencionada porque, a fin de cuentas, el excelente busca hacer las cosas bien. Pero no nos engañemos. Somos seres humanos y nuestros valores ya existen desde hace mucho tiempo. Son, entre otros, el esfuerzo, la superación, la fortaleza, la humildad y el sacrificio. La excelencia no resiste un análisis de conciencia. Uno sabe cuándo está siendo humilde y cuando no, cuando está actuando con fortaleza y cuando no, pero ante la pregunta ¿estoy siendo excelente?, a mí solo se me ocurre la respuesta “relativamente”. La excelencia parece más un fin que un medio, algo que se obtiene asistiendo a las clases de un carísimo máster o pasando pruebas complejas y sellando papeles. Repito, no nos engañemos: estamos en crisis. Las listas del paro están llenas de gente excelente.

Publicada en Heraldo de Aragón el 19 de octubre 2010

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