Para quedarse

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Entrar por la nueva entrada, salir por la nueva salida, saludarse como auténticos mamarrachos, ponerse gel en las manos como el protagonista neurótico  de una película de Woody Allen, una digitalización forzada y artificial, a veces, sin retorno y sin explicación, la desconfianza en el vecino, una dependencia excesiva del gobernante como si fuera el hechicero de la tribu y el miedo como factor de cambio son algunas actitudes que, como repiten incansablemente algunos, han venido para quedarse. Apagón. Desabastecimiento. Nos encantan estas frases de borregos. Con la que está cayendo. La nueva normalidad, que ya no sabemos si es la de antes, la de ahora, o la de hace dos Telediarios. Ha venido para quedarse el hecho claro de que al que ocupa el sillón le preocupa, por encima de todo –vidas ajenas también-, seguir en ese sillón. Ha venido para quedarse la trinchera, la falta de objetividad y la inexistencia absoluta de autocrítica. Han venido para quedarse el argumentario, la militancia y la poltrona. “Lo malo es que unos días pasan pronto”, decía su nuera a Paco Martínez Soria  en La ciudad no es para mí. “¿Unos días?” -respondía el inocente suegro- “si vengo pa quedame pa siempre. Yo he venido a casa de mijo”. Nos toca hacer de nuera. No hay que ceder. Las preguntas son muy serias: ¿La gestión de la pandemia nos resta derechos y libertades? ¿Tienen más poder los que mandan? ¿Se ha resentido la democracia? Aún refrescará.

 

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