Los perfectos

por | septiembre 20, 2021
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Desde muy pequeños les han inculcado sutilmente la idea de la perfección. Tienen que hacerlo todo bien. Deben sacar buenas notas, aprender idiomas, robótica y artes marciales. Lazos, zapatos de princesa, calcetines a juego y demás elementos del uniforme de turno les impiden ensuciarse en los parques. El peinado de la primera comunión es apto para el resto de la vida. La comida –esa nueva moralidad- es también una parte del camino hacia lo perfecto: nada de azúcar, trozos de fruta cortada en vena y pocos hidratos. La interioridad, la imaginación excesiva y la creatividad se perciben como elementos extraños, difíciles de entender y con la capacidad de alejarte del objetivo. Se sofocan rápidamente con un comentario que proyecta la sensación de ridículo. Las compañías y amistades llevan un serio proceso de supervisión, como una partida de ajedrez a largo plazo. El fracaso es el fracaso. Sin americanadas. Los perfectos lo toleran mal, lo sufren en silencio y, cuando pueden, lo ocultan. La perfección requiere militancia, identidad y compromiso. Hay que buscar alguien de tu misma especie, alguien que pase el corte. Perfecta y perfecto se unen para repetir el molde hasta que la vida les enseña el camino del dolor, el sufrimiento, el abandono, la pérdida o la injusticia. La perfección no sirve para afrontarlo todo. El desengaño habla claro desde el fondo del espejo. Los perfectos buscan el mejor cosmético posible y se dicen a sí mismos: que no se note.

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