Adiós, Juan Alberto

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Belloch y la Maña. Fernando Esteso y su hijo artista. Matamoros detenido unas cuantas veces. Roldán y su pareja rusa pasean y se dejan ver en buenos restaurantes. Becerril en su puesto. La Muela bien, gracias. Notivoli en el café de los artistas comparte barra con Perico Fernández.  Zaragoza cortada por la mitad. Nunca más la Ofrenda de flores pasará por el paseo de la Independencia. Decían que este paseo era el salón de la ciudad, pero los niños han montado en él el tren eléctrico y los mayores ya no pueden utilizarlo para sus cosas. Las manos de Belloch cogen un bolígrafo y hacen unos números que suman nueve mil. Las manos de Belloch se posan en los senos de la Maña ante el gesto divertido de Mari Cruz Soriano. Es la imagen de la otra crisis, de la decadencia, del recorte y del más de lo mismo. Las manos del alcalde, afanadas últimamente en la restauración de muebles, tocan chufa en el busto de la Maña. Dice que está en el templo de las mil puertas, en el inmenso palacio erigido en honor de la burocracia que llamamos seminario, pero no está ahí. Las manos de Belloch dicen adiós como el Rey Gaspar en la cabalgata. El alcalde que hizo cronista de la Expo a su rival político, hace ahora pregonero a quien tiene el deber de informar y criticar su gestión. Belloch el mago, el escapista, el “tocador” de señoras. El mejor político de Aragón, el que supo ir a buscar votos a la acera de enfrente, el que no fue sectario y el que tuvo una visión grande de Zaragoza y creyó en ella, está cansado. Aunque Izquierda Unida se deje el alma por llevarle el botijo y Chunta diga no, pero sí, Belloch no tiene más ganas y se va. Le deja, por cierto, el tomate a su mejor no amigo. El mejor político de Aragón ha dejado de serlo. Arden un par de contenedores en algún barrio. Anochece en Zaragoza.

 

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