Tres historias de motes desde Ateca

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María Blasco me ha puesto los puntos sobre las ies. María Blasco es una inconformista. María Blasco me dio huesitos. María Blasco no me entendió. María Blasco escribe bien. María Blasco busca. María Blasco rebusca. María Blasco ama Ateca. María Blasco tiene una bici verde de cuatro ruedas. María Blasco me entendió. María Blasco escribió tres historias preciosas, bendecidas con el don de la brevedad, que ahora os pongo aquí.

El ‘cambiao’

A Sebastián el Tano lo delataron el 16 de octubre de 1936. Trabajaba en la bodega cuando una pareja de la Guardia Civil lo fue a buscar.

-Déjenme que me cambie las albarcas – dijo- no voy a presentarme así en el ayuntamiento.

-No se preocupe, será sólo un momento.

Sebastián el Tirillas bajaba de la era cuando vio pasar al Tano escoltado por la benemérita. Al Tano lo fusilaron ese mismo día. Dicen que el delator, presa de los nervios, confundió el mote de un Sebastián por el del otro. Desde que aquél rumor se dio por cierto al Tirillas lo llaman Sebastián el Cambiao.

La tía Canana

El señor fraile daba ya por finalizada su visita a Ateca aquella mañana de un caluroso mes de julio. Al llegar a la plaza, sudando bajo su grueso habito, pidió a unos muchachos que le ayudaran a llevar la maleta hasta el tren. Pepito, deseoso de ganarse unos reales, se ofreció enseguida voluntario. Cuando llegaron a la estación, el fraile, que no pensaba darle una perra, se acercó la mano al bolsillo del pecho para sacar una estampita. Para darle más importancia a su gesto le preguntó:

-Hijo,¿tú eres devoto?

-No señor, yo soy de la tía Canana.

Faustina y el zapatero

Faustina tenía 14 años cuando empezó a servir en casa de un militar retirado del norte que se había instalado en Ateca. Un día que el amo tenía invitados le pidió que trajera para cenar al zapatero más grande que encontrara, que así es como se llamaba al chicharro por su tierra.

Faustina, en su afán de hacer todo lo mejor posible y sin rechistar, como le había enseñado su madre, se acercó hasta casa de los que llamaban “los zapateros”, y de entre todos de la familia escogió al que le pareció más alto y corpulento. Orgullosa de su elección, al llegar a casa anunció:

-Señor, aquí le traigo al zapatero.

-Pues muy bien, Faustina. Sácale las tripas y cuélgalo en la ventana.

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