Predicción necesaria del contrario

Hemos hablado alguna vez de algunos curiosos mecanismos que mueven a la opinión pública española.  Alguna vez tratamos el “nivel satisfactorio de enfado” y hoy vamos a detenernos en la “predicción necesaria del contrario”.  Si el primer concepto era esa cantidad de cabreo medido que uno busca en las opiniones que no comparte, ahora hablaremos de las suposiciones que uno tiene que hacer sobre la intención de los demás para justificar sus argumentos, a menudo pobres.  Chapoteamos en un argumentario de estribillo fácil. Repetimos ideas de tertulianos. Nos interesa poco profundizar en debates para los que no tenemos tiempo. En este panorama de pobreza intelectual, necesitamos justificar nuestra creencia y lo hacemos señalando al que piensa de modo diferente. Lo ridiculizamos y buscamos  el coro del  grupo de palmeros de turno. Estoy convencido de que frases como “no quiero ni pensar qué pasaría si esto sucediera al revés” o “seguro que hay alguno que ya va diciendo por ahí” les suenan familiares. De hecho, tenemos la curiosa capacidad de formular el pensamiento del contrario antes incluso de escucharlo. Somos adivinos y solemos acertar porque, al igual que Rajoy, somos previsibles. La previsibilidad es un valor aburrido y malicioso que en política suele jugar malas pasadas. No entiendo cómo se puede alardear de semejante majadería. Lo cierto es que ante un hecho concreto que nos saca de nuestras casillas, andamos necesitados de carnaza, de alguien que lo apoye para sacrificarlo en el altar de nuestra ira. Esta actitud ciega la empatía y la posibilidad de un diálogo constructivo. Además, consigue que nos situemos en el extremo del debate, donde ni se escucha ni se piensa ni se razona. Seguro que hay algún tonto por ahí que dice o piensa que no.

Nivel satisfactorio de enfado

Ya que esto que están leyendo es un periódico, me voy a permitir contarles un secreto que solo conocen unos pocos afortunados. Hay una fuerza oculta que mueve la información y, por lo tanto, el poder. No es el amor, ni el dinero, es, ni más ni menos, que el nivel satisfactorio de enfado. Salvo algunas excepciones, los humanos vivimos como borregos. Pensamos poco y consumimos mucho. Dentro de ese consumo, necesitamos encontrar algo de información que nos satisfaga. Somos vagos y no nos apetece que nos informe alguien que nos cae mal, que no nos da confianza o que no piensa como nosotros. Así que, dentro de ese perfil, elegimos comunicadores que nos cuenten, con más o menos interpretación, su versión de los hechos.  En general, con una frase lúcida o un titular nos sirve para defendernos en cafés y cenas. Además de esto, necesitamos un pinchazo, un aguijonazo que nos deje molestos con algo. Los medios de comunicación lo saben y lo ejecutan a la perfección: nos dan la dosis de enfado que todos buscamos. Cuando uno llega a su nivel satisfactorio de enfado está servido y no necesita más. Tiene lo que buscaba y, probablemente, será fiel a su suministrador. Si el individuo sobrepasa su umbral cambiará de informador porque entrará en un estado de alteración y notable infelicidad. Por eso vemos tanto debate con víctima propiciatoria, tanta crítica entre empresas de comunicación y tanto “mira lo que dicen estos”. Es el momento de llegar a una conclusión: o nos salimos de la rueda o nos convertiremos en “repetidores” humanos de unos cuantos listillos que cortan el bacalao. Hago dos propuestas para terminar: vayan a informarse donde no piensan como usted. Les será muy útil y les abrirá la mente. Sean muy críticos con los que comparten sus ideas. Será incómodo, pero muy productivo.

¿Quién es el tonto?

¿Cree usted que Zapatero es tonto? Preguntaba una encuesta en tiempo real en una de las múltiples cadenas que nos ofrece la “tedetienda”. El resultado del sondeo daba un aplastante triunfo al sí. Tengo que decir que todos los que mandaron mensajes apoyando la causa se equivocaban. El Presidente no es tono. Tampoco lo es Rajoy. De hecho, ambos están por encima de la media de inteligencia del país. Además, se puede decir que, tanto socialmente como políticamente, destacan, puesto que son líderes de formaciones políticas complejas en las que llegar al poder supone un saber estar reservado a unos pocos. Simplemente, cada uno en su papel hace lo que puede y la inteligencia no evita que, de vez en cuando, hagan el ridículo. El argumento de la imbecilidad del contrario es sal gorda, superficialidad y falta de espíritu crítico. No es de recibo que algunos medios de comunicación caigan en algo tan bajo y alimenten debates infantiles de yo soy soy, tú eres tú, ¿quién es más tonto de los dos? También, este tipo de discusiones evidencian la costumbre española de escandalizarse falsamente de lo que dice el que no piensa como uno. Seguir incondicionalmente a ciertos medios de comunicación para escuchar lo que agrada puede ser tan mezquino como prestar demasiada atención a los que piensan de manera distinta para llegar a un nivel satisfactorio de enfado. Puede ser que el único tonto sea el espectador, el ciudadano de a pie, que no tiene ninguna capacidad de cambiar la situación y que solo puede esperar a que lleguen las elecciones y votar, si no se ha ido de fin de semana. Al final, pierde el individuo que queda a merced de las corrientes de opinión y comete el mismo error que muchos políticos: delegar en otros la respuesta a la pregunta ¿Y qué opino yo sobre esto?

Publicada en Heraldo el miércoles 16 de marzo de 2011