La excelencia

Se habla mucho últimamente de la excelencia, una cualidad colectiva que viene a ser una especie de perfección de garrafón. Como la perfección no existe, alguien se ha inventado, quizá con buena intención, la excelencia para intentar decir que las cosas se hacen bien o, al menos, que se intenta. La excelencia es un cuento como otro cualquiera, esa es la verdad. Existe el esfuerzo, la superación, la competitividad y el prestigio. Los empresarios y los profesores de universidad se cantan unos a otros lo de «es un muchacho excelente», se dan diplomas y organizan simposios, mesas redondas, conferencias, certámenes y cafés de madres para decirse lo excelentes que son. La realidad es que a día de hoy mucha gente excelente se está yendo a la calle. En fin, quizá sea cuestión de palabras, pero, por lo menos, resulta interesante que le gente se esfuerce por hacer bien las cosas. ¿Se han fijado que los políticos no hablan nunca de excelencia ni de nada que se le parezca?

El flautista de Hamelin

Llega un momento en que el ciudadano también tiene culpa de lo que ocurre. El flautista de Hamelín se llevó las ratas y después a los niños porque lo querían timar. Vivimos dormidos y constantemente chantajeados. No nos damos cuenta. Un día nos dan longaniza, otro roscón, otro chocolate, otro bombillas y, el pasado fin de semana, nos dieron torrijas. Gratis, claro. Pero nada es gratis. Todo se paga en impuestos y en alguna molestia. También se paga en dignidad, pero como la dignidad no puede medirse ni tocarse tampoco nos afecta. Tragamos con todo, tranvías, campos de fútbol, apagones ridículos de luces… Tenemos poco criterio y sólo nos quejamos cuando nos tocan lo nuestro. Dicen que podemos hablar cada cuatro años en las urnas, pero la realidad es que deberíamos hablar más. Sin embargo, el sistema está montado como está y no le suelen poner el micrófono a uno a diario delante de las narices. Así que sólo nos queda una salida: cuidar cada uno de nuestra dignidad.

¿Vendrán a ver los "edificios singulares"?

Dice Heraldo de Aragón en un artículo sumamente interesante que a la escultura de la Expo «El Alma del Ebro» le salen hermanos gemelos por todas partes. El artista Jaume Plensa dice que no, que cada obra suya es diferente y única. Bien. No hay mucho que decir. Vean las imágenes, si quieren. En el mundo del arte abundan los estafadores y en el de la política los ignorantes. Mala combinación. Esta noticia se quedará en anécdota y en polémica de un calado relativo. Sin embargo, nos lleva a una reflexión que hay que empezar a hacerse en voz alta. Nadie va a venir a Zaragoza a ver los edificios de la Expo. Creo que no nos hemos dado cuenta: la gente viaja a Bilbao para ver el Guhenheim. Nadie viene a Zaragoza para ver la torre del Agua, que se ha quedado chatorra con cuatro plantas de menos. Nadie viene a Zaragoza a ver el puente de Zaha Hadid que nos salió, por cierto, la torta un pan. Quizá alguien venga a ver el Pabellón de España de Mangado, pero serán los aficionados a la arquitectura. ¿Debimos gastarnos más dinero en hacer algo más grande? ¿Debimos ahorrar más? En fin. Que apechuguen La CAI e Ibercaja.