Españoles

Españoles, Franco ha muerto. Españoles, una comisión de expertos aconseja mover los restos del dictador. Españoles, la misma comisión recomienda montar un centro de interpretación de la Guerra Civil. Españoles, Aragoneses, ciudadanos del mundo: basta ya de centros de interpretación. En los últimos años, la proliferación de estos curiosos edificios empieza a rozar lo patológico. En Aragón, los tenemos de todos los colores. En el valle de Gistau, por ejemplo, tenemos el centro de interpretación de Mosén Bruno, cuyo objeto es dar a conocer la vida de una persona importante para el valle, llena de curiosos episodios y anécdotas. He estado recientemente en unos cuantos de estos edificios y les diré lo que pienso con una palabra que todos entenderemos: son un “sacaperras”. Sirven para sacar dinero al turista y, por supuesto, a la administración.  En algunas ocasiones, resultan una mera excusa para poner un bar. Rara vez aportan algo más que un vídeo –ahora se llama “audiovisual”- y unas vitrinas con camisetas. En mi última visita a la laguna de Gallocanta comprobé que hay dos centros de interpretación en la zona, uno en la provincia de Zaragoza y otro en la de Teruel. Algo huele a chamusquina. Parece claro quién ha pagado cada uno. Además, yendo al fondo del asunto, me parece especialmente preocupante la idea que subyace en estos centro de interpretación y en su terrible denominación. No me gusta que me digan cómo, cuándo y desde dónde tengo que mirar a las grullas. A mí me gusta interpretar la realidad como me da la gana. Por eso me da miedo escuchar a la comisión de expertos de la que hablaba al principio utilizar la expresión “reinterpretación democrática”  cuando hablan del Valle de los Caídos. Españoles, los centros de interpretación están muertos.

 

Capital Europea del paro

La cultura no es un evento, ni una etiqueta , ni un festival, ni un mercadillo. No se debe confundir cultura con comercio como ya hicimos hace tres años al vender agua y sostenes varios a cambio de cemento y arquitectura. Podría decirse que la cultura es más bien un estado del alma, una tensión hacia la belleza abonada por el tiempo y el esfuerzo que lleva a tener cierta inquietud por asuntos relacionados con la sensibilidad artística. La cultura ayuda también  a diferenciar el grano de la paja. Sin embargo, la clase política necesita sacar dinero de debajo de las piedras y cualquier excusa es buena.  Este tipo de fiestas, dicen los políticos hasta cansarse, “ponen en valor” a la ciudad y “la sitúan en el mapa”. Son dos expresiones aberrantes que no paran de pronunciar nuestros dirigentes. Deseo que nunca nadie me ponga en valor ni me sitúe en un mapa. Apunten una incorrección más: me da lo mismo que Zaragoza no sea Capital Europea de la Cultura en 2016. Me conformo con no ser capital europea del paro y con que los políticos que dirigen el Ayuntamiento se ocupen de lo que les compete en realidad. Me da pena por el equipo que ha trabajado tanto en la candidatura, pero me alegro porque la cultura seguirá en manos de los cuatro colgados de siempre que editarán en paz sus libros deficitarios, intentarán  llenar salas de conciertos engañando a sus amigos, continuarán haciendo exposiciones para que las vean tres y el de la guitarra y lucharán por arañar media subvención en diez años. Me alegro porque ese es el caldo de cultivo de la cultura de verdad y no la factura de dos mil euros por bolo, el canapé con gambas, el concierto del Ricky Martin de turno y el mamoneo cósmico que hubiéramos visto si el amanerado fulano de la pajarita dice Zaragoza en lugar de San Sebastián.

Publicada en Heraldo de Aragón el 12 de julio de 2011

Tolerancia Cero y Coca Cola Zero: tabla de la tolerancia

Ya he explicado alguna vez que la palabra tolerancia no me gusta. Además, he llegado a la conclusión de que la tolerancia es como la coca cola: tiene buena prensa, todo el mundo la conoce, es roja por fuera y negra por dentro, si se agita produce un buen lío y si le pones un cero después del nombre, cambia, pero se sigue entendiendo.

Sigo con mi cruzada para desenmascarar palabras falsas o vacías porque creo que en el lenguaje está una de las batallas contra el vacío cósmico y la ignorancia. Hoy, en un alarde de cretinismo, he dado a luz la tabla de la tolerancia, una especie de tabla de multiplicar en la que se gradúa este término voluble, manejable y relativo. La cedo desinteresadamente a políticos y profesionales de la divulgación. Me encantaría escuchar en algún mitin: «practicaremos la tolerancia siete con nuestros compañeros de partido, la tolerancia nueve con el presidente Valenciano, la tolerancia diez con el de Andalucía».  Que os guste:

-Tolerancia Cero: dar caña al que no piensa como yo es lo primero.

-Tolerancia Uno: no se la paso a ninguno.

-Tolerancia dos: la que practico con vos.

-Tolerancia tres: cuando me puede el estrés.

-Tolerancia cuatro: no miro durante un rato.

-Tolerancia cinco:

-Tolerancia seis: no miro si no me veis.

-Tolerancia siete: cuando cierro la puerta del retrete.

Tolerancia ocho: cuando el bolsillo está pocho.

Tolerancia nueve: cuando un sillón se mueve.

Tolerancia diez: nos veremos ante el juez.

 

 

Sostenible lo serás tú

La economía no tiene que ser sostenible. Es absurdo. La economía tiene que ser productiva, rentable y, en la medida de lo posible, creciente y distributiva. Sostenible es un término que viene del ecologismo y que se ha implantado como una epidemia en el discurso de los políticos. Hay cosas que no se sostienen. Hay, de hecho, muchas que necesitan sostenes. Miren la ropa tendida en algunas casas y entenderán que no todo es sostenible. Aunque una estúpida ordenanza previa a la Expo prohíba tender la ropa en el balcón, Zaragoza es generosa en el tendido de sostenes color carne de tallas grandes. Seamos serios. Una carretera no es sostenible. Es útil o rentable en la medida en que su uso supone una inversión aprovechable para el ciudadano. En economía, el uso de la palabra sostenible sugiere la imagen de una estructura apuntalada porque amenaza ruina.

En Zaragoza tenemos algún ejemplo reciente que nos invita a desconfiar de la palabra en cuestión. El Pabellón el Faro de la Expo era un claro exponente de la sostenibilidad. Aún recuerdo cómo una señorita voluntaria me explicó que debía tirar menos de la cadena del váter para alcanzar la felicidad. Lo mismo me dijo otra señorita con un pañuelo anudado al cuello en el Pabellón de España.  El primero de los dos pabellones resultó manifiestamente insostenible. Nadie lo quiso y como la casa del segundo de los tres cerditos, se derrumbó. El segundo, el del arquitecto Mangado, espera su momento para convertirse en algo que han prometido alegremente y con muy poca vergüenza los gobernantes cada vez que han venido en el AVE a pasar la mañana a Zaragoza. A veces, no hay que saber mucho para hacer un diagnóstico acertado: tenemos una ley de economía sostenible. Es evidente que nuestra economía no va por buen camino.