Tolerancia Cero y Coca Cola Zero: tabla de la tolerancia

Ya he explicado alguna vez que la palabra tolerancia no me gusta. Además, he llegado a la conclusión de que la tolerancia es como la coca cola: tiene buena prensa, todo el mundo la conoce, es roja por fuera y negra por dentro, si se agita produce un buen lío y si le pones un cero después del nombre, cambia, pero se sigue entendiendo.

Sigo con mi cruzada para desenmascarar palabras falsas o vacías porque creo que en el lenguaje está una de las batallas contra el vacío cósmico y la ignorancia. Hoy, en un alarde de cretinismo, he dado a luz la tabla de la tolerancia, una especie de tabla de multiplicar en la que se gradúa este término voluble, manejable y relativo. La cedo desinteresadamente a políticos y profesionales de la divulgación. Me encantaría escuchar en algún mitin: «practicaremos la tolerancia siete con nuestros compañeros de partido, la tolerancia nueve con el presidente Valenciano, la tolerancia diez con el de Andalucía».  Que os guste:

-Tolerancia Cero: dar caña al que no piensa como yo es lo primero.

-Tolerancia Uno: no se la paso a ninguno.

-Tolerancia dos: la que practico con vos.

-Tolerancia tres: cuando me puede el estrés.

-Tolerancia cuatro: no miro durante un rato.

-Tolerancia cinco:

-Tolerancia seis: no miro si no me veis.

-Tolerancia siete: cuando cierro la puerta del retrete.

Tolerancia ocho: cuando el bolsillo está pocho.

Tolerancia nueve: cuando un sillón se mueve.

Tolerancia diez: nos veremos ante el juez.

 

 

Mundo caramelizado

Señoras y señores, vivimos en un mundo caramelizado. No se fíen de nadie cuando escuchen a los políticos y a los periodistas. Desconfíen. Traduzcan. Se acercan las elecciones europeas. Se acerca el día internacional del Medio Ambiente. Se acerca el día internacional de los archivos. La vida se está convirtiendo en una especie de cocina moderna en la cual no importa lo que te den de comer sino cómo se llame. Todo lleva envoltorios, todo está caramelizado, la cebolla, el apio y el salchichón. Perdemos referencias rápidamente. La filosofía y la literatura desaparecen de los planes de estudio mientras gastamos nuestras fuerzas en discutir sobre Educación para la Ciudadanía. La televisión nos vende la moto y nosotros la compramos gustosos pagando el precio barato de la comodidad. Deberíamos pararnos un momento, bajarnos del mundo y sentarnos a reflexionar. Crisis por aquí, elecciones por allá, miedo a que nos echen. Nos pasamos el día diciendo eso de «con la que está cayendo» sin saber que la felicidad no depende de eso. La última superviviente del Titanic ha muerto hoy. Se llamaba Millvina Dean. Ya nadie podrá contar en primera persona que hay vida después del hundimiento.