La bolsa o la vida

Bolsa caca. Inteligencia caca. Resulta que ahora las bolsas están mal vistas en los supermercados y, como son contaminantes, tienen un precio que debe asumir el consumidor. En Zaragoza, las palomas y las bolsas ocupaban el cielo en paz desde hace muchos años, pero se les ha acabado el chollo. Las palomas son diezmadas con discreción por molestas y las bolsas empiezan a serlo por presunto delito de contaminación. Nos toman por tontos con la excusa. Algunas grandes empresas han visto una coartada muy buena para ganar un dinero extra con la tontería. Como aquella famosa línea aérea que ahorró tantísimo quitando una oliva del menú, ahora, los supermercados quieren hacernos creer que salvamos el mundo y así, céntimo a céntimo, mejoran las cuentas. Confieso que cuando voy a comprar algo y me quieren cobrar la bolsa, me rebelo y acabo llevándome los yogures dentro de la mochila. Ya sé que la culpa es mía por no llevar en el bolsillo la bolsa llena de migas de la lencería Consuelo en la que llevé el bocata ayer y unas películas hace tres días. La estupidez nos persigue. ¿Qué tal va el Instituto para el Cambio Climático de la Expo? Bien, gracias. Mientras los políticos se aclaran, mientras discutimos y nos preocupamos —muy pocos, por cierto— de la realidad o irrealidad del calentamiento global, los tontos vamos pagando por las bolsas y nos creemos los salvadores del planeta cuando aflojamos un par de céntimos por la bolsa de fécula de patata. Además, nos gastamos un dineral en bolsas de basura negras que contaminan más que las otras. Lo más sensato sería hacer bolsas gratuitas, con publicidad —que pague el de la tienda— y biodegradables, con los colores amarillo, verde y azul en las que se pudieran separar los residuos  y que terminaran sus días en el vertedero.