Las princesitas culopretos

Había una vez dos niñas que vivían una en Francia y otra en España. Eran trabajadoras y luchadoras. Estudiaron mucho y trabajaron fuerte para conseguir sus objetivos. Tenían, eso decían ellas, espíritu de izquierdas y ganas de demostrar que la mujer y el hombre deben ser iguales en este mundo. Como, además, eran jóvenes y guapas, las puertas se les abrían de par en par. Un día, la española conoció a un príncipe y se casó con él. Poco tiempo después, la chica francesa conoció a un presidente poderoso y también se casó con él. El destino las juntó un día en Madrid y se conocieron. Las dos hacían el papel de bella mujer de. No decían ni mu, pero todo el mundo hablaba sobre ellas. En las escaleras de un gran palacio, Carla y Leticia, que así se llamaban las chicas, se saludaron y se besaron y se sintieron muy felices porque cuando empezaron a subir las escaleras para entrar en el palacio, todo el mundo les miraba el culo.

Mujer florero

Sarkozy viene a visitarnos. Hay mucho de que hablar. Energía nuclear -mala para fabricar, buena para comprar- , terrorismo y, sobre todo, pasos transfronterizos. Parece que  Sarkozy dijo que Zapatero no le parecía muy inteligente. Lo malo no es eso. Lo malo es que aquí nos hizo gracia. No está bien que nadie falte al presidente de nuestro país, por muy ZP que sea.  Tampoco es de recibo el revuelo que se está montando en torno a la compañera de Sarkozy, la señora Carla Bruni. Estamos haciendo el ridículo. Esto recuerda a los tiempos en que había que cruzar la frontera para ver mujeres. Las feministas deberían quejarse por esta asunción universal de la mujer florero. Pero no pasa nada. Bruni se rasca una ceja en la visita a un museo o un orfanato y la Reina y Sonsoles le sonríen. Menuda chorrada. Mientras, claro, los hombres se dedican a cosas serias.