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Sucedió hace unas semanas en el Stadium Casablanca. Un partido entre dos equipos alevines. Los rojos ganan a los verdes. En la grada hay muchos padres, quizá más de cincuenta. El partido transcurre tranquilo. Los rojos marcan bastantes goles. A partir del cuarto, no hay aplausos ni celebraciones. Juegan todos, hay armonía. Cuando el partido acaba, el resultado supera la media docena. Los dos equipos se acercan a la banda para aplaudir y agradecer los ánimos. Los padres de ambos equipos devuelven el aplauso con orgullo. Los niños se retiran al vestuario acompañados por sus entrenadores. Sin embargo, uno de los pequeños con equipaje verde se queda unos segundos más y busca a alguien entre la grada. Parece contento, casi eufórico. Está rojo por el esfuerzo del partido, pero tiene fuerza y pulmón para gritar con alegría: “Mamá, mamá”. Entre el grupo de aficionados de ambos equipos se produce un segundo de silencio, un espacio de tiempo mágico. El niño encuentra a su madre y dice: “¡Mamá, ha aparecido mi abrigo!” Otro segundo de magia. Entonces, alguien grita “¡bravo!” y las dos aficiones rompen en una ovación que resuena más que el mejor de los goles. Algunos padres hacen la ola. Hay risas y gestos de emoción. Ha aparecido el abrigo. Cincuenta hombres y mujeres acaban de recordar lo que están haciendo en un campo de fútbol en una mañana de sábado. Acaban de recibir una pequeña lección de un niño que les dice que no importa tanto el resultado como recorrer juntos el camino. Y si puede ser abrigados, mejor. Vemos de vez en cuando en los telediarios noticias tristes de padres que pierden los papeles en los partidos de sus hijos. Vemos agresiones y batallas campales con niños como testigos. Son una excepción. Los escándalos y las broncas en el fútbol base tienen su sitio en el telediario porque nos escandalizan. Las historias pequeñas como esta no tienen hueco porque son lo habitual. Somos mejores de lo que creemos, pero nos hacen pensar lo contrario. El mal vende más. La historia mínima de este niño merece un espacio y se lo hacemos aquí para que recordemos que después del partido, la vida continúa y, a veces, aparece el abrigo.

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