Zona sacaperras

Los azules y los naranjas aumentan la zona azul y la zona naranja. No importa el color del que mande. La zona azul crece siempre. Recaudación y ciudad genérica. Cuando están en la oposición la critican, pero cuando llegan al gobierno, la ponen. El pago regulado por estacionamiento es políticamente correcto. El coche hace ya tiempo que comenzó a ser un objeto bajo sospecha por parte de los que dictan la ideología de turno y de los que se acomplejan ante su enorme maquinaria de propaganda. El coche es malo porque contamina, dicen. Sin embargo, tiemblan cuando ven acercarse el desfiladero que supone el final de la gran fábrica de automóviles de Aragón. Lo diré claro: el coche es el único vehículo que se adapta a las necesidades de tiempo y de espacio de muchos trabajadores y de casi todas las familias. Es una máquina que permite ampliar la libertad y la independencia del ciudadano. Pretender que todos vayamos en autobús, bicicleta o patinete a todas partes no tiene sentido.  Salgo del Palacio de Sástago. A unos metros y sin ningún tipo de protección pasa un tren descomunal sin capacidad de frenar a tiempo. A mí me parece una locura, pero hay que decir que eso está bien. No lo está.  Llegarán el coche eléctrico y el coche autónomo. Entonces, ya no serán tan malos y volveremos a cambiar cuando nos lo ordenen con sus palabras pedantes. Mientras tanto, los azules pintan la zona azul en los barrios. Lo venden como orden y democratización, pero hay una palabra que lo define mejor: sacaperras.

 

 

 

Culpa lata

 

Primero de derecho. Trescientas personas en un aula inmensa y vertical. Clase de Derecho Romano. Una profesora dicta y todos copian. Llego un poco tarde y voy hacia el final del aula junto a Luis Vela. No sé por qué motivo, antes de sentarme, observo que en el suelo hay una lata vacía de cocacola. Copio lo que escucho. Dentro de unos meses, trataré de escribir eso mismo en otro papel después de haberlo memorizado. Antes, tendré tiempo de dejar el boli sobre la mesa y observar el panorama. Me daré cuenta de que estoy en mitad de un trasatlántico de copistas, dictadores y algún librepensador. No copiaré nada y miraré a la profesora a la cara. Un día lo veré claro: soy un cabrón peligroso. Pero para ese momento todavía falta tiempo. Por ahora estoy copiando una lección que trata sobre los tipos de culpa. En Derecho Romano existen tres tipos de culpa: culpa leve, culpa levísima y culpa lata. Escucho esta última y me acuerdo de la cocacola que hay a unos centímetros de mi pie izquierdo. Sí, es una ocasión de oro, un pase de la muerte en una gran final. No voy a fallar. Así que le doy una pequeña patada a la lata que cae irremediablemente por los escalones haciendo un ruido más magnífico que un rector y que todos reconocen un instante después de que la dictadora haya dicho “culpa lata”. La risa colectiva es tan inevitable como mi expulsión. Un modo curioso de conocerse a uno mismo.

Goya, pregonero

Goya se nos queda grande. Grandísimo. No sabemos qué hacer con él. El busto desmesurado que le hizo el artista Iñaki Rodríguez está en una urbanización privada. Los disparates. El cabezón del pintor de Fuendetodos varado entre chalets es una metáfora de lo que hacemos en esta tierra con Goya y con su legado. Es una metáfora también de cómo se entiende aquí a los creadores. Un creador es, como mucho, candidato a pregonero de las fiestas. Palabras por delante, palabras por detrás para después no hacer más que el ridículo. Primero nos hablaron del espacio Goya de la plaza de los Sitios. En el año 2006 se hizo un concurso arquitectónico de primer nivel que ganaron los arquitectos suizos Herzog & De Meuron. Después, vino el silencio. En una campaña electoral posterior pregunté a un candidato por el espacio Goya y me dijo que deberíamos olvidar la palabra “espacio” y cambiarla por “territorio”. Territorio del humo. Territorio estafa. “El tiempo también pinta”, dicen que dijo Goya. La nueva propuesta no debería sorprendernos: meter a Goya en la Lonja y ponerle a la estación intermodal el nombre del pintor. Algo tienen en común ambos espacios: el techo altísimo y una dedicación necesaria a otras actividades. Seguimos sin entender nada. El arte es la monja pintora, la estatuilla en la alfombra roja y la moda de turno. Goya sigue siendo un genio y nosotros unos paletos. Todo en orden.

 

Médicos

Eras el gran humanista. Sabías de todo. Tenías el respeto social. Tu opinión era importante. Tu figura iba más allá de tu trabajo porque conocías mejor que nadie al ser humano. Por dentro y por fuera. Desde hace un tiempo, te has especializado o, quizá, te han especializado. Dicen los gurús que hay que hacerlo en todos los sectores. Yo creo que mienten. El especialista pierde la perspectiva y, con ella, la lucidez. Te han convertido en técnico de una cadena de montaje.  Pasas consulta. Ves pasar. Te han mandado a una guerra sin armas. Te han pagado con sentimentalismo barato. Has visto cosas horribles. Sabes que te dieron órdenes equivocadas. Sabes quién fue. Te has jugado la vida. Te la sigues jugando. La santísima sanidad pública tiene una jerarquía como la tiene el ejército. Sabemos quién es el oficial y quién es la carne de cañón. Sin embargo, tenemos que decir que la sanidad es perfecta, mientras se mantienen ciertos vestigios machistas y algunos privilegios increíbles de castas familiares. Eso se llama corrupción. Antes y ahora. Como en el ejército espartano, tu escudo te cubre a ti y también al de al lado. Acaban de aprobar una ley que os afecta. Vosotros os formasteis diez años mientras ellos pegaban carteles. ¿Os han preguntado? Sois los soldados que ejecutarán la orden. No os engañéis. Estamos esperando a que os plantéis, a que algún día hagáis algo. Sé que estáis cansados, pero es cuestión de vida o muerte.

El silencio imposible

Se ha muerto un artista. Recuerden su arte. Ha muerto una persona ejemplar, recuerden su vida. La peluquería Mariví de Móstoles despide oficialmente a Maradona. Un desalmado con seudónimo cobarde hace chistes sobre alguna debilidad del fallecido. Un grupo numeroso lo alaba. Otro grupo lo critica y un tercero se queja de que se hable tanto del asunto. Después, aparece algún pesado como el autor de esta columna que comenta y analiza todo el ciclo. Nunca el silencio aportó tanto. Nunca fue tan complicado cerrar la bocaza. Nunca se dijo menos con tanta palabra. El yo emerge como afirmación de la necesidad comunicativa y de la lucha a vida o muerte contra la soledad. Un muerto es una oportunidad para que mostremos nuestras fotos con él, para que contemos nuestra anécdota, para que, a fin de cuentas, se hable de nosotros. Mirad cuántos me gustas conseguí con el fallecimiento de Maradona. La muerte del perro se convirtió ya hace tiempo en un género con entidad propia en la red social. Un besamanos sentimental de la evidencia. El tabú de la muerte y el silenciado afán de trascendencia del ser humano se asoman por la puerta en momentos como estos de un modo patético y cursi: “que la tierra te sea leve”, “allá donde estés”, “prepara una buena fiesta”, “espéranos”, “camina por las nubes” son algunas de las frases que se escriben para quedar bien con los vivos que las leen. La coherencia termina ahí. La contradicción es muy humana y en los genios se nota más.

 

 

El gran cínico

Nos gobierna el gran cínico. Es algo que no ofrece discusión. Podemos encontrar unos cuantos vídeos del gran cínico diciendo una cosa y otros tantos en los que mantiene la contraria. Sin rubor, sin excusas, firme y tranquilo, con una aparente convicción. El gran cínico vive el presente. Todo es relativo. Todo cambia. Nada permanece. ¿Qué es la verdad? Lo importante es la militancia, en qué parte de la polarización estás. Elige quién quieres que te mienta. Hay resortes claros para activar esto y se tocan con frecuencia y sin pudor. El gran cínico ya no puede defender sus títulos académicos. Son dudosos. No importa. La culpa es del otro. Estrategia y propaganda. Permanencia en el poder. El gran cínico no busca la unión, ni siquiera cuando el monstruo viene a visitarnos. Una pandemia se convierte en una oportunidad, una especie de campaña electoral. El lógico colapso del estado autonómico en momentos de crisis  se presenta como la excusa perfecta para que el gran cínico aparezca y desaparezca a su antojo. Murcianos por el mundo. Los territorios no matan virus. Lo hacen las personas. Ya es tarde. Lo más importante es que no haya desgaste o, por lo menos, que parezca que no lo hay. Las ideas dejaron de importar hace tiempo. Interesa lo moderno, sea lo que sea, mezclado con un puritanismo oportunista. Tener ideología es como tener lepra. El gran cínico tiene sustitutos y alternativas que van aprendiendo a ser como él. Suerte.

La ciudad genérica

En la plaza de Carbón pasaban cosas que ya no volverán a suceder. Trapicheo de relojes, celestineo, una floristería con personalidad y, de vez en cuando, la garita del circo. El toldo de los montaditos espera su momento para adueñarse del paisaje con su cerveza a precios populares y el sabor a pan congelado. Proceso de participación ciudadana abierto. Nadie al volante. Caminamos hacia la ciudad genérica que anunció el arquitecto Koolhaas. Parece que habrá zona azul en los barrios porque ir en coche está feo. Cuando sale el ERE de turno en la GM, cuando volvemos de Las Lomas o cuando nos traen el paquete de Amazon sí que nos gustan los coches. El partido que manda ve ahora necesario el asumido timo de pagar por aparcar. Cuando era oposición, pensaba que era un abuso. Vías pacificadas, párquines disuasorios, supermanzanas, colonias felinas, zonas de esparcimiento canino y la bicicleta como el vehículo del héroe que salva el planeta en su trayecto de Plaza España a San Francisco. La impunidad de los ladrones de bicicletas en Zaragoza sería un caso de estudio que no parece importarle a nadie y que alguna vez habrá que abordar. La Romareda, un año más sin pelotazo. La tierra prometida de Arcosur, un tren que pasa por la puerta del Casino Mercantil, los lagos de Penélope Cruz, el parque del Che Guevara y el túnel carretero del que nadie habla desde la Expo. ¿Se considera usted un ingeniero social? Le dije un día a Belloch. Sí, me respondió. Y no hice más preguntas.