El gran cínico

Nos gobierna el gran cínico. Es algo que no ofrece discusión. Podemos encontrar unos cuantos vídeos del gran cínico diciendo una cosa y otros tantos en los que mantiene la contraria. Sin rubor, sin excusas, firme y tranquilo, con una aparente convicción. El gran cínico vive el presente. Todo es relativo. Todo cambia. Nada permanece. ¿Qué es la verdad? Lo importante es la militancia, en qué parte de la polarización estás. Elige quién quieres que te mienta. Hay resortes claros para activar esto y se tocan con frecuencia y sin pudor. El gran cínico ya no puede defender sus títulos académicos. Son dudosos. No importa. La culpa es del otro. Estrategia y propaganda. Permanencia en el poder. El gran cínico no busca la unión, ni siquiera cuando el monstruo viene a visitarnos. Una pandemia se convierte en una oportunidad, una especie de campaña electoral. El lógico colapso del estado autonómico en momentos de crisis  se presenta como la excusa perfecta para que el gran cínico aparezca y desaparezca a su antojo. Murcianos por el mundo. Los territorios no matan virus. Lo hacen las personas. Ya es tarde. Lo más importante es que no haya desgaste o, por lo menos, que parezca que no lo hay. Las ideas dejaron de importar hace tiempo. Interesa lo moderno, sea lo que sea, mezclado con un puritanismo oportunista. Tener ideología es como tener lepra. El gran cínico tiene sustitutos y alternativas que van aprendiendo a ser como él. Suerte.

La ciudad genérica

En la plaza de Carbón pasaban cosas que ya no volverán a suceder. Trapicheo de relojes, celestineo, una floristería con personalidad y, de vez en cuando, la garita del circo. El toldo de los montaditos espera su momento para adueñarse del paisaje con su cerveza a precios populares y el sabor a pan congelado. Proceso de participación ciudadana abierto. Nadie al volante. Caminamos hacia la ciudad genérica que anunció el arquitecto Koolhaas. Parece que habrá zona azul en los barrios porque ir en coche está feo. Cuando sale el ERE de turno en la GM, cuando volvemos de Las Lomas o cuando nos traen el paquete de Amazon sí que nos gustan los coches. El partido que manda ve ahora necesario el asumido timo de pagar por aparcar. Cuando era oposición, pensaba que era un abuso. Vías pacificadas, párquines disuasorios, supermanzanas, colonias felinas, zonas de esparcimiento canino y la bicicleta como el vehículo del héroe que salva el planeta en su trayecto de Plaza España a San Francisco. La impunidad de los ladrones de bicicletas en Zaragoza sería un caso de estudio que no parece importarle a nadie y que alguna vez habrá que abordar. La Romareda, un año más sin pelotazo. La tierra prometida de Arcosur, un tren que pasa por la puerta del Casino Mercantil, los lagos de Penélope Cruz, el parque del Che Guevara y el túnel carretero del que nadie habla desde la Expo. ¿Se considera usted un ingeniero social? Le dije un día a Belloch. Sí, me respondió. Y no hice más preguntas.

Joaqúin Carbonell: «Me metí a artista para no currar, pero al final…»

 

Estuve con Joaquín Carbonell hace unos meses. Le pedí una entrevista para mi tesis doctoral sobre Fernando Soteras, «Mefisto». Quedamos en el Drinks de Conde Aranda, uno de sus despachos habituales en Zaragoza. Antes de comenzar, me ofreció crear una agencia de marketing para promocionar Teruel a la que llamaríamos «Agenda Teruel», publicarme en su editorial «Voces del mercado» una colección de mis artículos de Facebook  que siempre solía comentar y me regaló el libro «Sendero de migas» escrito por su sobrino Isidro. La conversación quedó grabada y tiene ahora, por desgracia, una relevancia mayor. He quitado las partes más académicas y la he transcrito, aunque no tenga un hilo narrativo claro, porque creo que a él le gustaría. Espero que sirva como homenaje. 

¿Cómo fue tu primer acercamiento a una canción? 

En directo. Escuchando al pastor de Andorra en mi pueblo, en Alloza. Para las fiestas de San Antón y par las fiestas de los Quintos traían a un jotero con una rondalla y daba vueltas, rondaba. Yo tendría ocho años. Íbamos con la ronda todos detrás, naturalmente. No había otra cosa. El pastor de Andorra me impresionó mucho.

¿Cuándo pensaste que tú querías hacer eso? 

Eso viene más de la radio. Yo escuchaba mucha radio. Oía a Antonio Machín, a Juanito Valderrama o a Pepe Blanco y me fascinaba.

¿Entendías las coplas del pastor de Andorra? 

Me sonaban bien. El sonido es importante. No entendía nada, pero todo cuadraba. La rima era estupenda -no como ahora-. La gente ahora no sabe rimar. Me sonaba bien. Esta gente componía muy bien. Las canciones de Machín y de Valderrama eran muy buenas. Su Primera Comunión, de Juanito Valderrama es una maravilla. Qué bien rimado y qué bien contado lo que quieren contar. Viene de la tradición de contar cosas. Esta gente sabía escribir.

Me explicó Luis del Val que una vez le dijo a Sabina que la rima era una esclavitud. Sabina respondió: «pero te lleva a sitios a los que nunca habrías estado». ¿Qué es la rima para ti?

Hay una escuela de «antiguos», que somos nosotros, que venimos de la rima. Serrat, Sabina, Krahe, Aute, yo mismo. No te podías presentar en sociedad cuando éramos cantautores con una mala rima, con un ripio. Esto está muy traído: amor y corazón. Venimos de una exigencia de la rima que es muy poderosa. Nos daba vergüenza rimar mal. Sabina dice que aprendió esta exigencia de la rima de Brassens. De Brassens aprende dos cosas Sabina -y yo también- la exigencia de la rima y la gracia para contar historias. Las canciones de Brassens son una maravilla. Por ejemplo, esa canción en la que dice «tengo el honor de no pedir su mano». Se lo dice a su novia porque no se casó nunca. Estas historias tan bonitas nos inspiran. Sabina es un clásico: rima e historia. Yo estoy en la misma línea. Es el gran esfuerzo que hacemos. Krahe, ni te cuento… Echo de menos ahora que nadie cuente bien historias con ingenio y con rima. La canción debe rimar. La poesía, no.

¿La canción tiene que tener un toque de humor? 

Es mejor. Si le pones un poco de ironía y humor es un peldaño más elevado. No hace falta que sea risible, pero debe notarse una distancia, una displicencia sobre la vida. Eso lo da la madurez. Esto forma parte de mi naturaleza. Yo no podría hacerlo sin humor. Cualquier bestialidad de canción, por muy dura que sea, siempre necesita un espacio para desahogar la tensión. No soporto las canciones trascendentes que se lo toman todo muy en serio.

El humor te da también un salvoconducto para meterte en jardines complicados. 

No he tenido ningún problema. Lo dije en el concierto de mi cincuenta aniversario. He trabajado con la censura en los setenta, antes de morir Franco. Yo me lo tomaba como un desafío: «a ver si soy más listo que tú». Y, a veces, lo éramos. La censura no entendía las canciones, a veces, y las autorizaba. La entendía todo el mundo menos ellos. Era un duelo, un reto, un juego muy agradable. A ver hasta donde me dejan llegar. La beata me la prohibieron en un concierto en Calanda, pero yo la canté y me llevé una multa. Luego cantabas «ay, Marcial, ay, Marcial, que se muera el animal» y me la dejaban cantar antes de morir Franco. Yo no lo entendía…

¿Si te censuran ahora es porque tienes ganas?

Sí, tienes ganas. Lo provocas. Hay que tocar mucho las pelotas para que te censuren. Pero esa notoriedad a mí no me gusta. Pasan cosas raras. Vienen a verte personas que no son tu público. Vienen por otra cuestión. No quiero que vengan a verme por cuestiones de política, les tienen que gustar mis canciones.

¿No te prohibieron Doña peseta?

Me la prohibieron en primera instancia, pero luego me la dejaron grabar. Para grabar eran más flexibles. Una vez grabada, te podían decir «esto no se puede emitir» y con un punzón te lo rayaban. Doña peseta dice «Al amor de su calor / nacen ministros y reyes, / y hasta borricos y bueyes / reinarían con honor. / Pues no hay ley con más razón / que D. Dinero-Peseta, / al que tiene lo liberta / y al que no va al paredón». A lo mejor hoy me la prohibirían. Me meto con el rey, me meto con quien sea. En su día me la aceptaron y yo no era consciente de lo salvaje que es.  En realidad, tuvo éxito por la palabra «puñeta» que les hacía mucha gracia a los niños. Es un valls que se puede bailar, es alegre, entra fácil. En el 76 cuando salió la canción «puñeta» no se podía decir.

Joaquín Carbonell – EFE

¿Por qué este compromiso tan firme con Aragón? 

Esto viene de Teruel. Eloy Fernández Clemente nos daba la matraca todos los días con que iba a sacar Andalán para defender Aragón. Todos los días. Pero en Aragón tenemos complejo de segunda. Estamos rodeados de gente muy poderosa: País Vasco, Cataluña, Valencia. Somos una mierda en medio. Tenemos el complejo de que no valemos tanto. Pensamos que ellos se han desarrollado más porque nosotros no valemos tanto. Tenemos el complejo del pobre y somos víctima de la inmigración. En Cataluña hay trescientos mil aragoneses valiosos. A lo mejor no es verdad. Tenemos capacidad y mérito, pero no nos han dado la oportunidad. El primero que se dio cuenta de esto fue Eloy y después, Labordeta. Labordeta, con el sentido tragicómico de la vida, con ese «vamos camino de nada», llevaba esa teoría de «nos lo merecemos». Él aceptaba la tragedia. La Bullonera, por ejemplo, no la aceptaba. Era más combativa.

¿Y tú? 

Yo peleaba con ironía. Buscando la parte lateral y riéndome un poco de la situación. Siempre tuve la esperanza de que el humor haría reaccionar a la gente. El humor es combativo y eficaz.

¿Por qué no te fuiste a vivir a Madrid? 

No me compensaba. No sabía lo que iba a pasar. Vas ahí y ¿de qué vives? De nada. En Zaragoza ya trabajaba en la prensa y en la tele. En 1980 empecé a trabajar en los medios de comunicación. Me lo planteé en los ochenta, pero esto ya estaba acabado. En los ochenta me retiré. Llegaron los socialistas y dijeron «ahora, a follar». Viva la verbena. Viva Alaska y los Pegamoides y los cantautores que no aparezcan por aquí, que son unos hijos de puta, que vendrán a tocarnos los cojones como se los han tocado a Franco. Nos hicieron desaparecer. Muchos desaparecieron. Lo pasaron muy mal otros. Yo me metí en el periodismo y a vivir… Pero aquello había acabado ya. Tuve una proposición para trabajar en un periódico en Madrid. Me pagaban lo mismo, Madrid es más caro. Fue pereza, fue miedo, llámalo como quieras. No tenía muy claro irme. Pensé también que desde ahí podría relanzar mi carrera más fácil. He visto ejemplos, personas que queremos, que no han prosperado. El plan era pasar hambre y vivir en un piso de treinta metros. Aquí vivía mejor. Cobardía, pereza y que triunfar me daba igual. Yo no quería triunfar, yo quería vivir bien.

Y te ha salido bien la jugada. 

Sí, yo creo que lo hubiera pasado mal en Madrid. Me habría colocado en algún medio, sabía hacer de todo: radio, tele, prensa. Nunca pensé que Madrid fuera un chollo.

¿Cómo viviste el pequeño poder que te da estar en un medio de comunicación? 

Con descreimiento. Te llamaba la gente a ofrecerte cosas. Mis entrevistas eran especiales y tenían prestigio. Alguien dijo «si no te ha entrevistado Carbonell, no eres nadie». Hice siete mil. Una encima de otra, llegan desde aquí a Casa Emilio. Me cogió la cosa con una edad madura. La vanidad no me atrapaba demasiado y me lo pasaba muy bien. Encontré el chollo de mi vida que era trabajar solo por la mañana. En todos los sitios en los que he estado siempre he dicho que por la tarde no quería trabajar.

¿Y te dejaban?

Sí, les parecía bien. «Cobrarás menos», me decían. «Pero viviré bien», decía yo. Y no quiero ser jefe.

¿Por qué? 

Eso lo dijimos Roberto Miranda y yo cuando llegamos a El Periódico de Aragón. A Roberto le tocaba ya por edad ser jefe. Llega un momento que, por muy tonto que seas, te toca. Es como un chaval que se pone a pegar carteles en el PSOE y, en un momento dado, lo hacen concejal. Así que dijimos eso: «yo nunca quiero ser jefe. Yo quiero ser siempre periodista». Cuando llegó lo de Televisión Española con los asaltos fue también muy divertido. Pegarte golpes de boxeo con Luisa Fernanda Rudi tenía mucho encanto. Ella me lo ha recordado alguna vez: «te llevaste algún golpe porque te lo merecías». La Rudi tiene su encaje… La tía tiene su cosa.  A Hipólito también le di fino. Los políticos llamaban para salir. Cuando llegué a la tele pregunté «¿dónde hay que firmar para no ser nunca fijo?». Luego me arrepentí. La cagué.

¿Qué opinas del Rap? 

Me encanta. Me identifico con Kase O. Nos vemos de vez en cuando. Ha leído dos novelas mías. Le gustó la primera que habla sobre Gardel. Me dijo que no lo conocía y que lo estaba escuchando mucho. ¡Es que escribían que te cagas! ¡Es que sabían escribir! No como ahora.

Háblame del trabajo de compositor. ¿Cómo lo haces? 

No tengo un método y, además, tardo mucho. No me cuesta mucho hacer la canción, tardo en que me llegue la idea y la inspiración y las ganas. Puedo estar cinco años sin hacer una canción hasta que me sale una como «El sonajero de Martín». Cuando viene la inspiración, las ganas de hacer, porque hay un tema, entonces escribo rápido. Otro asunto es cuando ya lo has escrito todo, como le pasa a Serrat, que ya ha hecho quinientas canciones. Llega un momento en que todo lo que se te ocurre ya lo has contado. Soy lento y vago para escribir. Nada me convence. No tengo ninguna discográfica que me obligue y eso me da libertad. Ese es el problema actual. Si tienes que hacer un contrato cada dos años, estás muy vendido y el resultado suele ser malo.

Tienes dos libros de poemas. 

Sí. Fue porque en esa época había que hacerlo, había que ser poeta, era lo que tocaba. He llegado a la conclusión de que no soy poeta, aunque he visto peores. Me dije «en el curriculum quedará bien».

Y escribes novelas rápido. 

Cuando sé lo que tengo que hacer, soy muy rápido. De hecho, he escrito mis memorias hasta 1982 cuando viene Felipe y dice eso de «todos a follar». Ahí acaba la historia, cuando saqué mis discos con RC. Es la primera parte, no sé si tendré ganas de escribir la segunda, que será más aburrida. Hago una descripción casi etnográfica. Por ejemplo, no había agua corriente. Las chicas iban al pozo a por agua y los hombres las acompañaban. Ahí empezaba el primer ligue. Iban con un cántaro arriba en la cabeza como las africanas y los chicos no las ayudaban. Eso me impactó. Ayudarlas sería un mariconeo. Cuento también cuando voy a Teruel, los Salesianos de Sarriá, los hoteles con quince años, Teruel y Zaragoza. Aún no sé el título, quizá «Teruel, Teruel». Tiene que salir un título bueno, algo mejor que eso.

Labordeta y tú, en el fondo, ¿de dónde habéis salido? ¿sois herederos de algo? 

Somos herederos de la gente que canta, sin más. Atahualpa Yupanki, Paco Ibáñez, Brassens, que me lo traducía el profesor Sanchís Sinisterra. Hay una coincidencia de factores, personas y tiempo y surge algo. Si no, no hubiera salido nada.  A mí me gustaba el pop de Los Brincos, no quería ser cantautor. De pronto, veo a Labordeta y canto lo que tengo cerca. Al final, le haces una canción al labrador de tu pueblo cuando tú nunca has ido a labrar. En mi pueblo me decían «tú, cabrón, no has ido nunca a coger olivas y has hecho la canción del olivo».

Alguien la tendría que hacer. 

Es una osadía, pero vas viendo el éxito y sigues. Si no, hubiera vuelto a Los Brincos. En 1970 llegué a Zaragoza y venía gente a verme y me conocían. Seguí por ese camino.

¿Es verdad que eres la persona que más ha trabajado para no trabajar? 

Yo me metí a artista para no currar, pero al final… Veo mi bagaje y me sorprendo. Me pregunto ¿cómo puedo hacer este libro de quinientas cincuenta páginas sobre Sabina? Si yo no quiero trabajar. A mi lo que me gusta es no hacer nada y leer. ¿Por qué soy tan trabajador? Quince libros y quince discos. Me esfuerzo en no trabajar y acabo trabajando mucho.

Háblame de tu relación con el poder. ¿Quién manda aquí? 

Amazon. Y lo que le queda. Dentro de poco van a ser los dueños del Planeta Tierra. Van a desaparecer las tiendas pequeñas. Es el nuevo fascismo, blanco y agradable, que te vende cosas.

¿Qué ha supuesto Facebook para ti? 

Hay gente que cuenta la vida de su hijo a diario. Es tremendo. ¿Que os pasa? Nadie sabe de mi vida si estoy casado, si tengo madre (que tengo una de 101 años que la podría sacar a ventilar ahí también). Tengo pudor. Facebook es para vender cosas. Un escaparate. Pero ¿contarle a la gente tu vida? No lo entiendo. Es para hacer un libro: cómo ha logrado Facebook que salga la verdadera personalidad de la gente. Yo estoy asombrado. La gente es así de idiota y no lo sabíamos. He dejado de admirar gente por esto. Está cayendo gente muy notable en enseñar cosas de la vida personal. Un día tuve que escribir: «Todos tenemos familia, no es ningún mérito». La gente está muy sola y necesita el aplauso. Eso es como una droga. La gente no sabe llevar su soledad. Yo vivo solo. Hay que asumir la soledad.

La omisión de los artículos

Vuelvo con mi matraca. ¿Dónde están los artículos? Cada vez los usamos menos. La Casa Real empieza a ser Casa Real. La Cruz Roja lleva ya mucho tiempo siendo Cruz Roja. Muchas marcas comerciales, con alguna excepción, perdieron su artículo en busca, quizá, de una pretendida modernidad. En baloncesto, se juega contra Valencia o contra Gran Canaria. Sin artículo. La Feria de Muestras pasó a ser “Feria de Zaragoza” y la Harinera de San José es ahora “Harinera de San José”. Los ejemplos son innumerables. A veces, el artículo se pierde por una cercanía familiar que tiene una cierta justificación. En otras muchas ocasiones, se deja de usar con la idea de convertir el objeto nombrado en una especie de marca, en algo sofisticado y moderno, tal vez parecido al venerado idioma inglés. Hace unos pocos años pasamos el sarampión de las marcas institucionales. Marca España. Timo. Marca Zaragoza. Desastre. Un país es algo más que una marca,  y es, además, algo absolutamente distinto. Pasa lo mismo con las ciudades. El empresario se empeña en hacer un buen producto y el consumidor se afana en comprar una marca. El político desea hacer una marca y el ciudadano quiere un lugar donde vivir en paz. La marca es una ficción que transmite valores e ideas. Casi todos los países y las ciudades son algo más que una ficción y no concuerdan –como el artículo- en género y número.

Supervivencia festiva

Alfonso tiene un don. Tiene también una situación complicada en la empresa y un equipo de música en casa. El don de Alfonso es cantar y decide compartirlo. Es muy posible que un par de canciones a las ocho y cinco alegren la tarde a algún vecino. No se equivoca. Sus actuaciones desde el balcón son un éxito inmediato. La oleada de aplausos impresiona. Pasan los días y Alfonso mantiene su actuación, aunque con cierta prudencia. No quiere molestar. Una de las tardes, al terminar, la ovación es tan intensa y los agradecimientos tan fuertes que el cantante del balcón dice: “muchas gracias, a ver si salimos pronto de esta y cuando nos veamos por las calles, nos saludaremos”. No sé si ahora, con la mascarilla de rigor, los vecinos reconocen a Alfonso y tampoco sé si se saludan, pero está claro que el ser humano tiene un instinto de supervivencia muy sofisticado que siempre sorprende. El aplauso se impone al luto, quizá por necesidad. Practicamos la supervivencia festiva. El artista austriaco Friedensreich Hundertwasser afirmaba en su manifiesto “Tu derecho a la ventana. Tu deber al árbol” que todos los ciudadanos deberían poder decorar el exterior de sus ventanas como a cada uno le pareciera oportuno y hasta donde alcanzara su brazo. Es una idea muy bella que roza la utopía. La decoración no solo es pintura. La belleza aparece en formas insospechadas. El mismo artista decía que cuando alguien mirara a tu balcón, debería entender lo siguiente: “ahí vive un ser humano”.

 

Fernando Simón en la cola del pan

Me encuentro a Fernando Simón en la cola de la panadería. “Vaya tute has llevado”, le digo. “Calla, calla. No me hagas hablar. Me han convertido en la bola del péndulo. Unos me han utilizado de parapeto y otros de saco de boxeo. No sé si me podré ir de vacaciones. Además, suelo ir a Caspe y ya sabes que por ahí hay jaleo”. Asiento. Veo que se están agotando las barras de pan gallego. Él va delante. A ver qué pide. “Oye, Fernando, he leído cinco definiciones de política y cumples todas. Quizá te han utilizado de escudo, como dices, para no salir ellos a explicar algunas cosas. ¿No te has sentido utilizado?”. Se lo piensa, sube las cejas, se ajusta la mascarilla y me dice: “Sí, la verdad. Empecé con argumentos científicos, pero había preguntas que se escapaban de mi alcance. No es fácil acertar cuando tienes que hablar tanto. También me siento maltratado por otros, la verdad”. Veo que se acaba el pan gallego. Mi siguiente opción es una baguette. Sigo preguntando: “¿Te va a tocar salir a decir cuánta gente se ha muerto de verdad antes del día del homenaje? Creo que estaría bien. Lo del accidente grande no se entendió”. Fernando pone cara de impotencia y de cierta incomodidad. “Eso tampoco es sencillo. No estoy seguro”. Se agota el pan gallego. Fernando me dice: “Sólo nos queda el pan congelado”. “Como los datos de las últimas semanas”, le digo. Fernando sonríe amable y se marcha, como los recién nacidos, con un pan debajo del brazo.

Emilia

Emilia nos manda un mensaje de despedida porque seguramente no podrá volver más a su puesto de trabajo. Era su último año antes de jubilarse y nos da las gracias por haber sido unos buenos compañeros de aventura. Emilia ha sido Comandante en Jefe, Directora General, Directora ejecutiva y otros muchos cargos que le he ido poniendo durante estos últimos años. “¡A ver qué cargo me toca hoy!”, decía cuando me veía aparecer por la escalera. Emilia era la sonrisa que te encontrabas al llegar y la buena palabra que te decía adiós al salir. Siempre tuvo una mano especial para tratar con los alumnos. Era como una madre para ellos. Tenaz, persistente y siempre atenta a los pequeños detalles, Emilia me perseguía año tras año hasta que le mandaba todos los apuntes y las planificaciones. Era mejor mandarlo rápido o el peso de su ley caía sobre ti. Aunque la conocí hace unos pocos años, me la imagino aprendiendo década tras década, reciclando su formación, peleando con los ordenadores, internet y las máquinas. La veo luchando siempre, elegante, fuerte, digna y alegre, con las penas que todos tenemos dentro bien colocadas en su sitio. Como ella, tantas personas que han sido la cara de oficinas, centros de estudio o administraciones se merecen un enorme agradecimiento y una digna despedida que no hay que dejar pasar. En su mensaje, Emilia dice, entre otras cosas, que tiene una estatura pequeña. Se me hace raro leerlo, yo siempre la vi gigante.