Trenes metáfora

Somos la única comunidad autónoma que tiene un consejero metafórico. La palabra “vertebrar” es una metáfora de dudoso gusto literario que hace ya mucho tiempo hizo fortuna en Aragón. Es una expresión tan absurda como rimbombante y es, por definición, subjetiva. Vertebrar puede ser dejar de dar un servicio ferroviario ya presupuestado a cientos de pueblos y de profesionales que lo necesitan para trabajar. Vertebrar puede ser, en los tiempos de la descarbonización, poner más autobuses a horas intempestivas que paren en cada pueblo. Parece ser que vertebrar no es pedir que Valencia y Cataluña paguen la parte de trayecto que discurre en su territorio. Vertebrar es lo que yo te diga. El vicepresidente Aliaga dijo hace unos días en Aragón Radio que no se nos puede llenar la boca con la despoblación y dejar a los ayuntamientos sin trenes. También dijo que para negociar es necesario que el servicio siga en marcha. Si se deja de dar el servicio, se pierde la fuerza negociadora, es decir, se tira la toalla. El consejero de la metáfora ha sido incapaz de explicar por qué quiere hacer esto ahora y para qué necesita mover el dinero de una partida del presupuesto. Se habla mucho de intermodalidad, pero esta idea pasa también por mantener el tren. Se habla de reordenar el mapa de concesiones de autobús y se ha avanzado muy poco. Señor consejero de la metáfora: defienda a los aragoneses. No los utilice como rehenes. Negocie y haga su trabajo. Y si no lo consigue, cumpla el presupuesto.

Esclavos satisfechos

Toca luchar. Vienen curvas. Nos dicen que el teletrabajo es muy bueno para todos y también para el planeta. Ayer caducó un ultimátum climático que no se ha cumplido, pero ya tenemos otros que nos amenazan. Y tenemos la culpa, por supuesto. De pronto, las sentencias de los jueces son partidistas. Algunos aplauden que el Tribunal Supremo reste garantías a sus derechos fundamentales. Lo progresista debería ser luchar por tener más garantías. El mundo al revés. El Constitucional es más lento que el caballo del malo. Querer saber te sitúa en el filo del negacionismo, como una etiqueta de apestado social. Niego el negacionismo. ¡Viva el dudacionismo! Habrá que exigir a los que mandan que nos digan de dónde salió este virus. Habrá que pedir que lo investiguen hasta el final. Habrá que quitarse la mascarilla un día y respirar y sonreír sin miedo. Habrá que dejar de decir todos y todas como papagayos por miedo a que nos quite el dinero la incultísima consejería de turno. Si lees prensa de hace cien años, algo muy recomendable, y emites una opinión heterodoxa, la etiqueta de revisionista caerá sobre ti. Ignorante estás más guapo. No viajes en avión. No comas carne. No seas propietario. Mira tu móvil. Come sano. Corre. Cuenta calorías. Come cinco piezas de fruta. Recicla. No vayas en coche. Tolera. Emprende. Paga. Utiliza. Oposita. Rebélate si quieres, pero en tu comunidad de vecinos. Pon la tele. Calla. Muere. No molestes. Toca luchar. Vienen curvas.

 

Espejito, espejito

Pablo se mira al espejo y ve a Rocío. Rocío mira al espejo y ve a Pablo. No les gusta lo que hay, pero es su razón de ser. El principio de acción y reacción se cumple. Vox es una reacción a Podemos, digan lo que digan los estribillos. Tus adoquines, mis balas. Mi antifascismo, tu anticomunismo. El miedo, el ruido, el escándalo. Esperar a que el otro se equivoque. No debatir nada interesante. Se parecen demasiado hasta en el modo de negarlo.  Ambos saben que ser víctima es el camino. La lectura sesgada de la historia es también una nota común. La conclusión siempre es que el otro es el malo y que los míos se explican mal. Hay poco talento y pocas ganas de construir en general en los dos extremos. El objetivo es parasitar al moderado con mayoría insuficiente. Eso les da recursos y tiempo para agarrarse a la roca del poder como las lapas. Ambos grupos cometen la torpeza de querer descartar al otro, como si no existiera. Sueñan con su desaparición como solución a un problema que ven resuelto con una facilidad totalitaria. Por eso no valoran lo que se hizo en la Transición porque para ellos integrar al otro no es el camino. Conviene que haya tensión, Iñaki. Bienhallado, don Federico. Periodistas de parte, una inversión mercenaria en ruido en redes sociales, la profunda incoherencia vital y una insensibilidad enfermiza con el momento histórico actual son el condimento que da sabor a esta receta. Muy rico todo.

 

 

 

 

 

Saben aquel

Eugenio toma un café en la plaza de San Francisco de Zaragoza. Tiene la mirada perdida y está solo. Se le ve tranquilo, absorto en sus pensamientos, con esa cara de sorpresa constante ante la vida. Dos chavales de doce años se le acercan y le dicen “Eugenio, cuéntanos un chiste” y el humorista catalán les responde “no estoy trabajando. Lo siento”. Los chicos se marchan contrariados y no entienden lo que ha pasado. Treinta años más tarde, uno de esos chicos toma café en la misma mesa en la que, como una aparición, vio a Eugenio el de los  chistes. Ya ha entendido por qué no había que decirle eso a aquel señor vestido de negro. Para hablar con Eugenio en aquel momento, hacía falta gestión y no política. Ha entendido que el descanso es algo muy importante. En esa misma mesa, el chico reflexiona sobre lo que la gente espera de uno y sobre lo que uno hace en realidad. El chico piensa que son momentos de servicio, pero la sociedad se empeña en acercarse al tipo de negro a decirle estupideces y a reclamar su atención con política barata y espectáculo cutre. El chico piensa que son tiempos de humildad, de amortización y sacrificio. No toca buscar la perpetuación en el poder, pero cada uno hace lo que sabe hacer, lo que lleva dentro. En los momentos malos se conoce mejor a la gente. Encendemos nuestra radio para ver qué nos toca defender y criticar hoy. Mascarilla y trinchera. Lo siento. No estoy trabajando.

 

 

Paco Casetas: «Jugar al Pokémon GO me ha ayudado a olvidar mi enfermedad»

 

ENTREVISTA CON UN GRAN JUGADOR DE POKÉMON GO

He quedado con Paco Casetas a las 9:15 en el mítico gimnasio Pokémon Tirador de Barra Aragonesa del andador Luis Puntes. Son las 9:10. Si mi instinto no me falla, Paco Casetas llegará unos minutos antes. A las 9:12 observo el panorama y lo identifico. Ahí está. Bandolera, calzado deportivo y muy buen aspecto. Paco Casetas es una de las leyendas de Pokémon Go en Zaragoza, aunque él no lo tiene tan claro. Sus Pokémon aparecen con frecuencia en los gimnasios de toda la ciudad. Hay una palabra que lo define: constancia. Al otro lado de la fuente, hay un grupo de señoras que hacen tablas de zumba con la música muy alta. La mañana promete.

¿Cómo empezó a jugar a Pokémon GO? 

Como la mayoría de los padres. Empezaron mis hijos. Lo fueron dejando y, después, me animé yo. Al principio, me parecía absurdo, pero, poco a poco, te engancha. A mí me ha ayudado mucho.

¿En qué sentido? 

Tuve una enfermedad muy fuerte. Estoy ya jubilado. La obligación de caminar me ha servido de mucho. Me ha ayudado a olvidarme un poco de mi enfermedad, aunque está siempre ahí. Parto de la base de que es un juego. Cada uno se lo toma a su manera.

¿Tiene una rutina diaria para jugar?

Primero hago mis cosas de casa. Plancho, hago la colada, luego tenderé. He hecho también los primeros platos para los chicos. A pesar de mi edad, tengo hijos jóvenes. Gracias a ellos, me fui obligando a vivir. A veces, te olvidas de vivir. Hay que vivir el presente, ahora mismo.

Es curioso que haga tantas labores domésticas…

Lo aprendí de mis padres. Eran campesinos. Me enseñaron siempre a depender de mí mismo. Las tareas de casa las he hecho toda la vida. No por la enfermedad. Creo que hay que colaborar y siempre ayudar en casa en lo que sea.

¿Qué tipo de gente ha conocido con Pokémon GO?

He conocido de todo: médicos, forenses, empresarios, enfermeras, veterinarias, policía local, policía nacional, chavales jóvenes, mayores, hay de todo.

¿Qué tiene el juego para enganchar a tanta gente? 

Para algunos es la mera competición. Para otros es un pasatiempo como jugar a las cartas o hacer deporte.  Te obliga a ir mucho por los parques y estar en la naturaleza. No quiere decir que estés todo el día jugando. Te puedes parar en un banco y disfrutar de la naturaleza.

Paco prepara su móvil para una jornada de caza.

¿Juega para subir de nivel o sólo para coleccionar Pokémons? 

Las dos. Por un lado me gusta subir y por otro tener cuantos más, mejor.  Hay gente que juega desde casa, haciendo trampas, más o menos. A estos se les llama «flys», lo hacen todo desde sus casas. También está el que pasea con amigos y disfruta más del juego. Depende más de la mentalidad de cada persona.

¿Cuál es su rutina de juego? 

Después de hacer mis tareas, salgo a la calle y veo si he cobrado las monedas de los gimnasios. Si no es así, voy colocando Pokémons para ver si están ocho horas y me dan mis monedas antes de que me los derroten.

¿Se mueve sólo por esta zona o por toda la ciudad? 

Estoy por todas partes. Yo soy de los que suele andar los quince o veinte kilómetros diarios. Ahora estoy en nivel 45 en una de mis cuentas y en otras en el 44. Creo que entre hoy y mañana pasaré a 45, pero sin prisas.

¿Tiene ilusión y prisa por llegar a nivel 50? 

No. En absoluto. Lo mío es pura distracción. Seguro que llegaré si no dejo de jugar, pero sin volverme loco. Poco a poco.

¿Juega con alguien o va siempre solo? 

Me gusta la soledad. Si quiero quedar con gente, me junto con mis amigos. También con el juego, puedo conocer a mucha gente. Soy una persona sociable, pero cuando juego, me gusta caminar solo.

¿Qué tiene el Pokémon GO?

Por una parte, la competitividad. Hay gente que tiene ganas de ser el primero. Otros lo hacen para matar el tiempo. Hay gente a la que le gusta jugar. Los chavales también están jugando mucho.

¿Cree que Pokémon es un juego más sano que el resto? 

Debe tener sus limitaciones. Cada uno hace sus obligaciones y después sus devociones. La obsesión no es buena. Cuando llegas a nivel cincuenta… ¿Qué te queda?

Que suban a sesenta…

Es absurdo obsesionarse. Aun así, conozco a mucha gente que ha gastado mucho dinero del de verdad en comprar pases, móviles mejores y complementos para el juego. Yo tengo un móvil que tiene diez o doce años y cuando llegas a un gimnasio, a veces, se te apaga. Hay que saber lo que quieres. Yo quiero andar, ver los kilómetros que hago y también, así mi hijo pequeño está contento. Ahora mis hijos no juegan, pero en verano, cuando se juntan con los amigos, van presumiendo de lo que tienen…

¿Colecciona Pokémons de sitios diferentes? 

Por supuesto. Colecciono los colores que hay a ambos lados del meridiano, que cambia en Barbastro.  Mi favorito por imagen es Kangaskhan, que es regional de Asia. También tengo algunos cien por cien que me encantan. Y otros que me gustan para combatir son: Kyogre, Rechiran, Dialga, Groudon, Mewtwo o Raikou.

¿Se ha encontrado gente curiosa en este mundo de jugadores? 

Hay muchísima gente especial. Por ejemplo, un profesor de universidad con dos equipos de investigación, gente que usa el juego como terapia y que le sirve para salir de un mal momento, es un grupo muy amplio.

¿No le importa que lo llamen friki? 

No. En este mundo hay muchas personas y muchas formas de ver la vida. Mi vida no es este juego, es un pasatiempo. Yo soy montañero y deportista. Esto es algo secundario. Si te obsesionas con esto o con cualquier otra cosa, eso es lo malo. Pero yo no soy nadie para criticar.

¿Cómo empieza a hablar con la otra gente que juega? 

Lo más habitual es cuando quieres tirar un gimnasio y, sobre todo, en incursiones legendarias. Es algo que no se puede hacer solo. Aunque no veas a nadie jugando, siempre hay un montón de gente. Desde la pandemia, se puede llegar al gimnasio de forma remota. A veces, no se puede ni entrar. Ahora hay un repunte de jugadores jóvenes impresionante.

Paco Casetas con uno de sus móviles en la pokeparada del tirador de Barra.

¿Por qué ha pasado esto? 

Ha sido por el cambio del juego durante la pandemia. Niantic, la empresa que hace el juego, tuvo que cambiar y poner los pases remotos. Antes tenías que estar siempre en los gimnasios. Ahora ha cambiado mucho y esto ha animado a la gente a volver a jugar. También están las invitaciones de «amigos» de los grupos de Pokémon, que te pueden invitar en incursiones remotas.

¿Qué zona de Zaragoza recomienda a los jugadores de Pokémon Go?

Sin duda, una de las mejores es el campo de fútbol del Ebro. Hay muchas pokeparadas ahí y es una maravilla. Lo malo es que atrae a muchos «voladores» que están siempre tirando todo. Es una barbaridad, a ver si lo arreglan. Antes apetecía ir, pero ahora ya no tengo tantas ganas porque está lleno de jugadores de este tipo.

¿Se ha planteado dejarlo en algún momento? 

No. Me sirve para salir y no quedarme en casa. Me obligo a hacer una salida diaria.

¿Cómo se siente cuando algunos niños de esta zona lo llaman «leyenda»?

Me sorprendió mucho. Yo creía que era malo. No me vuelvo loco con cambiar el ataque de los Pokémon, ni hago cosas demasiado raras. Me hizo gracia. Yo no soy conocido.

¿Quién es el jugador de esta ciudad de más nivel? 

Es un policía. Sin embargo, hay gente que echa más horas. Conozco algunos que juegan ocho o nueve horas diarias, pero son de los que juegan desde casa. Son un grupo que ya han llegado a nivel cincuenta y que tienen quinientos millones de experiencia de sobra.

¿Espera que Niantic ponga más niveles? 

Creo que ahora no lo van a hacer. Habrá que esperar. Todo en esta vida hace ilusión y todo cansa. Hay cosas más importantes. Es un juego… Sin embargo, hay gente que lleva toda la vida jugando al guiñote.

¿Qué zonas de Zaragoza le han llamado la atención durante el juego? 

Mi favorita es el Parque Grande. Hay que redescubrirlo, rincón a rincón, árbol a árbol. Me tocó ir mucho para el tratamiento de mi enfermedad y es una zona que me encanta. Estoy muy enamorado de mi ciudad. Mucha gente que vive en la ciudad no sabe lo que hay en Zaragoza. No se fijan. El Pokémon, aunque no lo parezca, te enseña a fijarte. Te enseña otro modo de mirar. Por ejemplo, esta zona en la que estamos, el monumento al tirador de barra aragonesa, es un lugar interesante. Yo conocí al campeón de Aragón, era de Casetas: Jesús Cabezas Esteso. Era, además, pariente del humorista.

El que iba con Pajares. 

Ese mismo. Después, le quitó el título uno de Calatorao, que se apellida Maestro.

En Casetas hay que ir al bar del Bobi.

Desde luego. Buena gente. Iremos.

 

Zona sacaperras

Los azules y los naranjas aumentan la zona azul y la zona naranja. No importa el color del que mande. La zona azul crece siempre. Recaudación y ciudad genérica. Cuando están en la oposición la critican, pero cuando llegan al gobierno, la ponen. El pago regulado por estacionamiento es políticamente correcto. El coche hace ya tiempo que comenzó a ser un objeto bajo sospecha por parte de los que dictan la ideología de turno y de los que se acomplejan ante su enorme maquinaria de propaganda. El coche es malo porque contamina, dicen. Sin embargo, tiemblan cuando ven acercarse el desfiladero que supone el final de la gran fábrica de automóviles de Aragón. Lo diré claro: el coche es el único vehículo que se adapta a las necesidades de tiempo y de espacio de muchos trabajadores y de casi todas las familias. Es una máquina que permite ampliar la libertad y la independencia del ciudadano. Pretender que todos vayamos en autobús, bicicleta o patinete a todas partes no tiene sentido.  Salgo del Palacio de Sástago. A unos metros y sin ningún tipo de protección pasa un tren descomunal sin capacidad de frenar a tiempo. A mí me parece una locura, pero hay que decir que eso está bien. No lo está.  Llegarán el coche eléctrico y el coche autónomo. Entonces, ya no serán tan malos y volveremos a cambiar cuando nos lo ordenen con sus palabras pedantes. Mientras tanto, los azules pintan la zona azul en los barrios. Lo venden como orden y democratización, pero hay una palabra que lo define mejor: sacaperras.

 

 

 

Culpa lata

 

Primero de derecho. Trescientas personas en un aula inmensa y vertical. Clase de Derecho Romano. Una profesora dicta y todos copian. Llego un poco tarde y voy hacia el final del aula junto a Luis Vela. No sé por qué motivo, antes de sentarme, observo que en el suelo hay una lata vacía de cocacola. Copio lo que escucho. Dentro de unos meses, trataré de escribir eso mismo en otro papel después de haberlo memorizado. Antes, tendré tiempo de dejar el boli sobre la mesa y observar el panorama. Me daré cuenta de que estoy en mitad de un trasatlántico de copistas, dictadores y algún librepensador. No copiaré nada y miraré a la profesora a la cara. Un día lo veré claro: soy un cabrón peligroso. Pero para ese momento todavía falta tiempo. Por ahora estoy copiando una lección que trata sobre los tipos de culpa. En Derecho Romano existen tres tipos de culpa: culpa leve, culpa levísima y culpa lata. Escucho esta última y me acuerdo de la cocacola que hay a unos centímetros de mi pie izquierdo. Sí, es una ocasión de oro, un pase de la muerte en una gran final. No voy a fallar. Así que le doy una pequeña patada a la lata que cae irremediablemente por los escalones haciendo un ruido más magnífico que un rector y que todos reconocen un instante después de que la dictadora haya dicho “culpa lata”. La risa colectiva es tan inevitable como mi expulsión. Un modo curioso de conocerse a uno mismo.